Monday, July 31, 2006

Nro 20

Era patente que la pareja del mar estaba enfrascada en un juego que posiblemente terminaría en el acto amoroso dentro del agua. Le produjo a Jacinto una sana envidia imaginar lo que sentirían esos jóvenes en ese momento, y recordó su última vez en el agua con María, en realidad la primera y última ocasión en que hizo el amor en el mar con su mujer. Fue cuando todavía eran novios, el último verano antes de casarse. Tuvo lugar en una playa brasileña y, al contrario de lo que acontecía hoy, que los interesados imaginaban estar totalmente solos, en aquella oportunidad había bastante gente. No les importó y siguieron adelante creyendo que disimulaban lo que sucedía por debajo, despreocupados de que alguien los descubriera. Después, una vez que hubieran juramentado su amor y fidelidad, odiaba esta palabra, ante testigos y ante Dios (¡que boludez!), su novel esposa no aceptó nunca jamás consumar el acto en aguas públicas. No rehuía el jugueteo, pero afirmaba que los podrían ver, que no estaba relajada, en fin, una actitud distinta que siempre lo dejaba pensando y añorando la desfachatez del amor juvenil al que Jacinto todavía estaba dispuesto a jugar. No por el simple hecho de casarse uno cambiaba los placeres. Y resintió este hecho. Y fueron muchas las veces que lo recordó como ejemplo de algo que se insinuaba en su mente y que le irritaba sobremanera. Y consistía en lo dispuesta que estaba María Julia a excederse en sus costumbres con el fin inconfesado de seducirlo, pero que alcanzada que fue la presa, retornó a sus hábitos decentes, por calificarlos de alguna manera. Se sentía cazado, que había caído en una trampa, mordido el anzuelo. El embarazo. Algo tan viejo como la biblia.

-Cuidado- estuvo tentado de gritarle al muchacho del agua. Pero no lo hizo, porque cada uno tiene que vivir su historia, y podría ser que esos dos estuviesen enamorados, o tal vez no, que tan solo fuese una tranza, como se le dice ahora. Pero sobre lo que no cabían dudas era que estaban viviendo un gran momento que evocarían por mucho tiempo, un lindo recuerdo para la vejez, como le encantaba decir a Jacinto. O quien sabe no hicieran el amor en el agua con frecuencia, y este era tan solo un lindo momento, no un gran momento. Grandes momentos eran esporádicos y debían reunir ciertas condiciones para calificar como tales. Buenos o lindos momentos eran más comunes, más reiterados en el tiempo. Este, el de hoy con Guadalupe, ¿sería uno de los grandes?, o uno no se da cuenta de que es tan especial hasta después. ¿Uno es consciente de que vive un gran momento en el instante que tiene lugar?, ya sea un lapso de un minuto o dos horas, o un día. Los amantes, porque su actitud ya no era ambigua, no pretendían ni necesitaban disimular como Jacinto aquella vez, echaron sus cabezas enfrentadas hacia atrás como solo sucede en los segundos culminantes para inmediatamente confundirse en un inacabable abrazo, siempre al vaiven de las olas. Jacinto y Guadalupe se miraron y sonrieron, cómplices en el acto de voyeurismo que inesperadamente los tuvo como espectadores privilegiados. No sintieron vergüenza, al menos el no, pero al volver a dirigir la cabeza hacia el sol, no ya hacia el mar, él no pudo dejar de percibir que dos montículos asomaban sobre los promontorios que escondían la musculosa de Guadalupe, que ciertamente no habían brotado por el frío, ausente en esa mañana de finales de noviembre. Al rato abrió los ojos, ella ahora los tenía cerrados y vio como los jóvenes salían desnudos del mar y se detenían en la orilla, regalándose un último beso antes de vestir las prendas de baño que habían abandonado antes de entrar al mar. Notó que Guadalupe abría y cerraba lo ojos, ojeando de a ratos las figuras que ahora emprendían su andar hacia el chiringo.

-¿Quieren tomar algo? Preguntó la cara simpática de un joven de unos 20 años, exageradamente bronceado, de pelos castaños. En realidad bien podrían ser más de 20, pero el tono de voz, el cuerpo flaco y musculoso lo hacían muy jovial. Instintivamente miró el reloj, cosa que María Julia detestaba. Cuando le ofrecían un caramelo, cualquier cosa comestible o bebible, él automáticamente miraba la hora. ¡Que hincha pelotas que sos!, le espetaba cada vez, hacé lo que tengas ganas. Tenía ganas de tomarse un gin tonic y eran recien las 11 de la mañana.

-Un gin tonic- se adelantó el, para que ella intuyera (continua en el próximo...)

Friday, July 28, 2006

19 de Así es la vida

Lo escuchó a Pancho cerrar suavemente la puerta y lo sintió moverse alrededor suyo preparando los instrumentos musicales que casi inadvertidamente comenzaron a sonar. María no conseguía abstraerse de su desnudez. -¿Se habrá dado cuenta, cómo sería este tipo? – reflexionó. Parecía de veintitantos y tenía un aspecto medio hippesco. Le resultaba muy interesante charlar con el y discurrir y filosofar sobre la vida. Era vegetariano y había vivido mucho en la India adonde regresaba a tomar cursos y meditar junto a renombrados yoguis en cuanto juntaba algo de plata, que parecía no faltarle, porque viajaba todos los años. Siempre había sido muy respetuoso, naturalmente respetuoso, no fingido, por eso ella había logrado entregarse, relajarse. Además su actitud, también era natural al no expresar ninguna opción o intención distinta a la terapéutica. Acostumbrado como estaba a compartir un momento tan íntimo con sus clientas, seguramente ya sabría diferenciar las costumbres de cada una. Las desprejuiciadas que no tenían ninguna inhibición y hasta se desvestirían delante de él. Las un poco más recatadas que, al igual que ella hoy, se acomodaban desnudas bajo la sabana. Y luego las más púdicas, como ella hasta ayer, que se dejaban puesto el corpiño y la bombacha. Igual, Pancho nunca retiraba la sabana, siempre maniobraba de manera que sus partes íntimas estuvieran cubiertas y ella supuso que siempre trabajaba así y que el primer movimiento no convencional debía provenir de la masajeada. -¿Cómo el de ella hoy?- se preguntó, y si no estuviera el cuarto casi a oscuras seguramente su sonrojo sería perceptible. Pero tal vez él ni se daba cuenta, o sí, obviamente se daba cuenta de que una estaba en pelotas, pero eso lo dejaba indiferente. ¿Existían hombres así? O simplemente eran indiferentes si no le parecían atractivas. ¿Cómo la vería a ella este tipo?. María sabía que era atractiva, al menos para muchos hombres, de eso no tenía dudas porque nunca faltaba quien la piropeara o se le insinuase, incluidos conocidos de Jacinto. Pero ella era unos años mayor que el masajista y quien sabe no la mirara como una jovata. Se sobresaltó cuando Pancho le tocó el dedo chico del pié izquierdo y sintió como sus pezones despuntaban otra vez. Ahora si se daría cuenta.

Friday, July 21, 2006

Así es la Vida 18

Se acomodaron en una de las cuatro mesas redondas que no estaban bajo el techo de cañas, para mejor absorber los rayos del sol, que no dejaban lugar a dudas que la primavera estaba llegando a su fin. Estaba realmente caluroso para esa hora de la mañana. Ambos se ubicaron mirando hacia el mar, no del todo enfrentados y no del todo de costado, de espaldas al chiringo. Instintivamente cerraron los ojos y expusieron las caras al cielo sin pronunciar palabra alguna. Vistos por ojos extraños podrían pasar por una pareja de novios, pensó Jacinto, aunque enseguida recordó lo desigual de sus vestimentas. El con un pantalón de traje gris oscuro, camisa celeste y zapatos de vestir marrones, evidentemente no pensados para alguien que había resuelto esa mañana ir a la playa. Por su lado Guadalupe, si bien no estaba vestida tan formalmente, su atuendo tampoco encajaba con el entrono marítimo. Especialmente sus borceguíes y su gran pantalón. Al unísono giraron hacia atrás sus cabezas hacia el mostrador, notando recién que allí no había nadie, aunque no cabían dudas de que el lugar estaba abierto, pues las persianas estaban abiertas hacia arriba y sobre la mesada se observaban dos vasos, un porta servilletas y un porta pajitas. En la oscuridad interior se lograba percibir estantes con botellas. – Hola- gritó Jacinto, deseando, se dio cuenta, que no hubiese nadie, aunque la camioneta desmentía cualquier posibilidad en ese sentido. No quiso gritar nuevamente, pues temía que cualquier sonido pudiera quebrar ese momento, pues sí, reconoció, estaba disfrutando este momento, no cabían dudas. Se sentía totalmente relajado y a gusto con esta desconocida. Iba más allá de que estuviera buena. Obviamente esto era un factor importante, determinante, pero había algo más. Conexión, sintonía, onda, lo que fuese, sin duda esta muchacha le transmitía sosiego. – Allá en el mar hay alguien- señaló Guadalupe, - dos personas, creo- añadió. Efectivamente, se divisaban dos cabezas cerca de la rompiente, que a cada ola desaparecían para reaparecer a los pocos segundos. Se quedaron mirando en completo silencio el maravilloso espectáculo en donde esas dos manchas para nada distorsionaban la belleza de la naturaleza. Por el contrario, parecían el ensayo de un pintor que colocaba y borraba dos manchas sobre el mar, no convencido si convertirlos en peces o personas. Dejándose llevar por una ola llegaron a un lugar donde hacían pie, donde el agua descendió hasta descubrirles los hombros y les permitió a Jacinto y Guadalupe ver que se trataba de un hombre y una mujer, que se abrazaron y besaron y se dejaron arrastrar por la ola siguiente hasta aguas menos profundas y más cómodas para sostener el abrazo que no pensaban abandonar. Ajenos al mundo, con seguridad no habían percibido la llegada de los clientes, por demás raros a estas horas de la mañana en mitad de la semana. Jacinto se desabrochó toda la camisa y se quitó los zapatos y las medias. Guadalupe hizo lo propio con los borceguíes un momento después, la vista clavada en lo que sucedía casi 100 metros más allá, o serían menos, porque la luz del sol sobre el mar y la arena distorsionaban notablemente las distancias. (Me vuelvo a ir de viaje unos días, a la mitad fea de la Isla La Española, que para quienes saben de geografía saben donde es, asique reanudo el viernes 28)

Thursday, July 20, 2006

y va el 17.....

-Señora, Señora- decía una voz lejana, pero familiar, seguida por unos golpes que la trajeron nuevamente al mundo. Se había quedado dormida y la voz conocida era la de Filomena, que entreabrió la puerta justo cuando María le decía que pasara. Deseó que este fuera su primer despertar del día y todo lo vivido hasta entonces fuese un mal sueño, pero supo enseguida que no era así, que lo poco que había pasado hasta ese momento, solo dos horas desde el fatídico encuentro de miradas, era real.

-Llegó Pancho y está esperando abajo, ¿qué le digo?- anunció la empleada intuyendo que ese no era un buen día para la patrona.

-Decile que espere unos minutos- consiguiendo así rechazar su primer instinto de cancelar su sesión de masajes, pero su instinto la llevó a pronunciarse a favor de otorgarse un placer, porque entregarse a las manos de ese muchacho siempre le hacía bien, y hoy hasta le podría ayudar a meditar sobre esta situación tan extraña en que se encontraba. Se le había pasado por completo que hoy venía Pancho. Sería su tercera sesión con este joven que dos meses atrás le recomendara su amiga Florencia, y recordó que en un primer momento había dudado en aceptar someterse al manipuleo de manos masculinas, siempre sus masajistas habían sido mujeres. Pero era tan fuerte el dolor en la espalda en aquel entonces que resolvió aceptar, y no se arrepintió, porque Pancho tenía, además de un buena técnica, una onda muy especial. Emanaban de él vibraciones muy positivas que lo dejaban a una en un estado de relajación y total armonía. Mezclaba a los masajes y elongaciones propiamente dichos, el sonido de diversos instrumentos musicales, como el triangulo, tamborcitos, etc, que hacía sonar siguiendo el contorno del cuerpo en una suerte de composición difícil de caracterizar musicalmente, pero que definitivamente penetraban en el alma y eran el escalón previo ideal para el reiki con que finalizaba la sesión. Pancho traía su propia camilla y el la esperaba afuera mientras ella se acomodaba debajo de las sabanas, siempre en corpiño y bombacha. Pero hoy al retirarse Filomena del cuarto había cubierto únicamente con la bata su cuerpo desnudo y cuando el salió para que ella se acomodase bajo la sabana, sin pensarlo dos veces se acostó sin colocarse las prendas íntimas. No supo bien porque, pero en su fuero íntimo le sonó como una pequeña venganza hacia Jacinto, quien le había confesado que casi siempre al darse masajes también lo hacía en pelotas, pero siempre bajo sabanas. Bueno, Maria resolvió que haría lo mismo, aun cuando antes no lo había hecho porque realmente no se sentía cómoda, aun cuando oculta bajo sabanas, le producía bastante vergüenza. Pero hoy era un día raro, un día para transgredir las costumbres, o más bien permitirse o atreverse a algo distinto. Tal vez era su convencionalismo lo que impedía que Jacinto se decidiera a penetrar realmente en su amor, que le aburriera su previsibilidad. Aunque esta última, saber como era ella, que no escondiera nada, que fuera totalmente predecible le daba a él seguridad, confianza en su amor, confianza no retribuida. Así que hoy experimentaría con ella misma.

– Ya podés pasar- dijo mientras percibía claramente que sus pezones se erizaban.

Wednesday, July 19, 2006

continua el 16 ...

y el percibió que ella los entrecerraba, en forma casi imperceptible, como si un destello de luz la hubiese molestado, pero en realidad lo que hacía era evaluarlo, calibrar si valía la pena explicarse ante un desconocido.

- De la parte más natural de uno, en las ciudades es difícil darte cuenta de que sos parte de un todo, te podés llegar a sentir muy solo-.

–Si, es cierto, lo único rescatable de las ciudades es la modernidad, los avances tecnológicos, las posibilidades de evolución del hombre, lo que pasa es que no hay que olvidarse que igual todo es parte del todo-.

–¿Como te llamás?- preguntó de repente, pero no pareció tanto una pregunta sino un deseo de intimar un poco más, una necesidad conocer más a la persona, fruto de ese breve intercambio en donde se puso de manifiesto una conexión en las ideas.

–Jacinto, ¿y vos?-.

– Guadalupe- y se rió al decirlo – pero no por la virgen, porque le gustaba a mi padre, que no era nada creyente, o al menos no lo era, o es, en la forma tradicional. Es más, ahora es casi un militante antirreligioso-.

– Ya me cayó simpático tu viejo........no tenés acento colombiano, tenés una tonada argentina pero distinta-.

–Si, lo que pasa es que viví muchos años afuera, mi padre es diplomático y ahora está en Colombia. Fui a visitarlo y decidí bajar a dedo, pero hoy cambié de planes, quiero conocer el centro y el oeste de Brasil, y después veré, hoy ese es mi plan-.

¿Cuántos años tendría? Pensó Jacinto, entre 20 y 30, aunque era muy difícil saberlo, podría tener 19 o 29, las mujeres variaban mucho. A los 14 la mayoría parece de 18, bueno, todo dependía de su desarrollo, de cuando había comenzado su pubertad. Por ejemplo, en su caso, había sido muy tarde, después de los 16 años y había padecido bastante por ello. Sobre todo frente a las chicas, que la mayoría a los 16 eran mujeres formadas y el tenía recién los primeros pelos.

– Tengo 25 años, si es lo que estas pensando, soy arqueóloga y me encanta también la sociología, pero vivo más de lo primero. Somos pocos y siempre sos útil en las tareas de campo. Además hago trampa, bueno, no es trampa, me di cuenta que era más fácil que me contratasen si caigo de improviso en un lugar donde se están llevando a cabo trabajos de campo a inscribirme en algún centro de investigación o en las universidades, esperando que algún día me llamen. Averiguo donde están y me presento con mi Currículum y casi siempre me contratan-.

– Te sentís muy libre- afirmó Jacinto, -es una suerte que a tu edad ya la tengas tan clara, y que no hayas tenido interferencias-.

Guadalupe lo miró inquisitivamente, como no entendiendo -¿interferencias? - Preguntó.

– Si, por ejemplo el amor puede ser una interferencia, aunque no debería serlo- acotó rápidamente.

– De eso no sé mucho, bueno, algo sí, pero no tanto-.

Dirigió el auto hacia el estacionamiento de un balneario y lo paró al lado del único que había en el lugar, una camioneta.

-Tomemos algo- le dijo, no “te invito” o “¿querés tomar algo?”. Guadalupe no pareció sorprendida, para nada. Bajaron y guardaron la mochila en el baul. Era un día realmente espléndido, así que Jacinto lo reabrió y colocó en el su saco y corbata y no pudo reprimir su tercer sonrisa franca del día. Ella también sonrió, dando a entender que comprendía la situación. Mientras caminaban hacia el chiringuito sobre unas tablas de madera colocadas artesanalmente, Guadalupe se quitó la camisa y se quedó en camiseta, o mejor dicho musculosa, pudiendo confirmar Jacinto lo que había intuido, la camisola era enorme y escondía un cuerpo armónico, así le pareció a él, donde se destacaban unos lindísimos pechos que su ojo experto detectó no estaban sostenidos por corpiño alguno, pues no lo necesitaban. Los pantalones también eran grandes, como el supuso, pero ya no le cabían dudas sobre la intencionalidad del tamaño, para ocultar las curvas que seguramente de otro modo no pasarían desapercibidas. Entonces, pensó, esta muchacha era muy consciente de sus bondades. Ella caminaba apenas medio paso más adelante, casi obligada por el tamaño de los listones que no permitían que dos personas caminaran a la par, produciendo el efecto de acercar hasta tocarse a quienes se hablaran, lo que sucedió cuando Guadalupe dijo

–que sensación de paz, ¿no?- girando hacia él sus ojos verdes y descubriendo que Jacinto también los tenía de ese color, aun cuando en el auto le habían parecido marrones. – Sí, dan ganas de despatarrarse al sol y no hacer nada, solo sentir y no pensar en nada-.

Tuesday, July 18, 2006

Númber 16

Divisó a lo lejos, al borde de la ruta, alguien que parecía estar haciendo dedo. Siempre tuvo la fantasía de que le pidiera aventón una diosa, que luego lo sedujera y terminaran haciendo el amor en algún lugar escondido de la carretera. También tenía la fantasía de que algo semejante le pasase en un avión. Que le tocara en suerte en el asiento vecino una compañera de viaje con la cual terminarían masturbándose mutuamente. Ninguna de sus fantasías eróticas se había cumplido y hoy no pintaba el día como para que la vida lo sorprenda con uno de sus milagros. O sí, pensó mientras se acercaba a lo que a la distancia parecía un bulto, pero que al aproximarse comenzó a tomar forma de mujer, la cual, efectivamente extendía el brazo y el pulgar en clara señal de querer que la lleven. Su ser desconfiado inmediatamente lo indujo a dudar de la conveniencia de levantar a una desconocida, sobre todo alguien tan joven, porque a medida que se acercaba y desaceleraba, la mujer de marras se convirtió en una muchacha con mochila a cuestas, con una cara llamativamente linda. El cuerpo era difícil descifrarlo, opacado por lo abultado de la mencionada mochila y sus colgajos, que incluían seguramente bolsa de dormir y algún ropaje, cubierto asimismo por pantalones y camisa enormes. Con certeza sería una alemanota gordita con cara linda que recorría Sudamérica a dedo y que hacía días que no se bañaba. Realmente no tenía ganas de realizar esfuerzos idiomáticos con alguna “Helga” cualquiera, que posiblemente estaría deseosa de charlar y hacerle mil preguntas sobre el país, su gente, costumbres y demás yerbas. No era definitivamente el día apropiado para ese tipo de paciencia diplomática. Sin embargo paró el auto dos metros más adelante y esperó a que ella se arrimara, dándose una última oportunidad para repensar su decisión y arrancar antes de que ella pusiera la mano en el picaporte.

-Para donde vas- preguntaron los dos al mismo tiempo, lo que les provocó que sonrieran también al unísono. Se dio cuenta instantáneamente que había sido esa su primer sonrisa del día. Ojos verdes le dijo que iba hacia la frontera, sin mayores precisiones. El le respondió –subíte- también sin mayores precisiones, porque realmente no las tenía. Había partido sin rumbo fijo, con la intención de manejar y pensar en el galimatías de su vida, intentar desentrañar lo no dicho en la mirada matinal con su mujer, dilucidar que se escondían, si es que realmente se ocultaban algo, o más bien si lo que realmente hacían era disfrazar la realidad, o vaya a saber que les estaba pasando. Pelo castaño rubio depositó la mochila y agregados en el asiento de atrás y luego se acomodó en la butaca del acompañante. El primer análisis del cazador agazapado que formaba parte de la personalidad de Jacinto le entregó un informe escueto pero positivo: no era alemana, y si lo era hablaba un perfecto castellano, no parecía ser gordita sino que usaba ropa varios talles más grandes, la camisa estaba desabrochada sobre una remera que le permitió vislumbrar, intuir, que había pechuga de calidad. Era de estatura razonable, es decir no era demasiado bajita y lo más importante, no parecía sucia.

– Gracias por parar, sos el primero que pasa-. Ante la cara de asombro de Jacinto, ella aclaró – lo que pasa es que acababa de salir de la casa donde estaba parada- .

–Ah, ya me parecía raro que yo fuera el primero, porque pasé varios autos, no muchos, pero siempre hay gente yendo a las playas o a la frontera- .

-Si, pero vos no parece que vayas a ninguno de los dos lados, más bien diría que equivocaste el camino de la oficina-.

Jacinto se rió, la segunda sonrisa del día notó, y dijo –sí, es cierto, salí de casa para ir al laburo y en vez decidí rumbear para el lado de las playas, sin puerto fijo, para pensar- se asombró por esta súbita confesión.

– Uno debería hacer cosas así mas seguido, digo, abruptamente hacer lo contrario de lo pensado, de lo programado, es como tratar de escaparse del destino, engañarlo- agregó la muchacha.

– Si, como en las películas –se entusiasmó Jacinto- cuando uno de los personajes se da cuenta que lo están persiguiendo y sigue manejando normalmente y de repente gira contramano a la izquierda, dejando a su perseguidor totalmente desconcertado-.

–O a la derecha- acoto ella- o a cualquier lado, lo importante es la sensación de libertad que se siente, definitivamente hay que enloquecer un poco de vez en cuando-.

–¿Y vos, lo de hacer dedo hoy hacia la frontera, estaba pensado o fue de repente?-.

– Un poco las dos cosas, porque en realidad vengo bajando desde Colombia, un poco a dedo, un poco en ómnibus, así que lo de hacer dedo estaba programado, pero hoy decidí que volvía a hacia el norte y de ahí hacia el oeste. Pensaba llegar a Buenos Aires pero cambié de opinión-. Luego de esperar unos segundos pensando que ella iba a explicar la causa de esa modificación y ante el evidente silencio de ella, Jacinto preguntó -¿por qué?-.

– Porque todavía no me repuse de San Pablo, las ciudades te sacan, te desconectan -. Otra pausa, otra espera en vano, me lo está haciendo a propósito o es así esta mina, pensó Jacinto.

-¿De que?-.

- ¿De que, qué?-.

- ¿De que te desconectan?- preguntó, aunque casi inmediatamente sabía la respuesta, vaya si la sabía. –Ojos verdes giró la cabeza hacia el y lo miró directamente a los ojos y ....(continua en próximo)

Monday, July 17, 2006

volví con el CAPITULO 15 de Así es la vida

-Señora María, Señora María, teléfono – escuchó que con cierto dejo de irritación y con un tono de voz alto le gritaba Filomena, la niñera, desde algún lugar de la casa. Su primera reacción fue de fastidio, porque odiaba que le gritaran en vez de acercarse cuando le querían decir algo. Siempre eran gritos provenientes, en la mayoría de los casos, desde la cocina, donde estaba ubicado uno de los tres teléfonos de la casa. Pero también se sorprendió al comprobar que no había escuchado sonar el teléfono de su dormitorio, a escasos metros de distancia, evidenciando el grado profundo de abstracción de lo que la rodeaba en el cual se hallaba sumida desde temprano, enredada en la madeja formada por los negros pensamientos que hoy la atormentaban. Ni se percató del tono elevado de voz de la empleada, que en otras circunstancias le habría parecido por demás irrespetuoso. Atinó solo a darse cuenta que seguramente hacía rato que la estarían llamando sin obtener respuesta. Me estoy volviendo loca, pensó, y desnuda como estaba abrió la puerta del baño y se dirigió hacia la cama, se sentó en el borde y tomó el auricular del teléfono y dijo con voz triste –hola -.

-Hola gordita- le gritó su mama desde el tubo, incapaz de entender que ya no hacía falta gritar para hablar de un país al otro, negándose a aceptar la utilidad de los adelantos tecnológicos, seguramente por temor a que la modernidad, el progreso, la natural evolución de las cosas, la sacaran de su mundo de víctima en donde ella reinaba hasta el día de hoy.

-Ah, hola mamá, sos vos- se escuchó decir sin intentar disimular el fastidio que le provocó reconocer de quien provenía el llamado.

-¿Estabas durmiendo, querés que te llame más tarde? porque te quería contar la última novedad de tu padre que ayer….-.

-No mamá, ahora no tengo ganas de escuchar nada de papá, acabo de salir de la ducha y estoy todavía mojada así que yo te llamo cuando pueda, un beso- y cortó sin más, asombrada de su acción. Pero realmente, su madre era la última persona en el mundo con la que tenía ganas de hablar en ese momento. Era el ser más negativo y pesimista que conocía. Todo lo percibía mal, nunca tenía comentarios positivos sobre las personas, y en especial sobre las que supuestamente quería. Estaba marcada por su supuesta falta de fortuna, donde el azar de la vida le reservaba toda suerte de maldades de las cuales ella no era responsable. En definitiva era infeliz, aunque Jacinto decía que no, que en realidad su infelicidad era la causa de su felicidad, que alrededor de su devenir signado por la desazón, había construido un mundo donde sus seres queridos la compadecían y vivían pendientes de ella, prestos a reconfortarla. Y que toda esa atención le provocaba cierto placer. Y la prueba de lo que afirmaba, sostenía Jacinto, era el evidente regodeo que le motivaba relatar las desgracias ajenas, disfrutaba narrando cuentos terribles que le sucedían a sus conocidos y no conocidos. Hubiera sido una excelente y detallada periodista amarilla y de la sección policial. Maria Julia sabía que algo de razón tenía su marido, o mucha razón. Su madre no hacía absolutamente nada con su vida, salvo estar pendiente de la de su marido y la de sus hijos, nutriéndose de ellas sin tener la propia, al menos desde que se casó. Era la comentarista oficial de la vida ajena. A Maria Julia la aterraba la idea de parecerse a ella y agradecía que fueran tan distintas físicamente. Se incorporó y notó la humedad del charquito de agua que se había formado a sus pies, sus lindos pies. Estos, junto a sus manos y boca eran las partes de su cuerpo que más ponderaba Jacinto, con lo cual siempre le quedaba algo de duda sobre si el resto, el conjunto de su cuerpo, contaba con la aprobación de su marido. Instintivamente miró hacia el espejo que se apoyaba contra la pared del cuarto que enfrentaba la cama y observó que se le había formado piel de gallina en toda su desnudez, sintiendo la firmeza de sus pezones en erección provocada por la combinación del mal secado y el aire acondicionado. Le gustaba mirarse, estaba satisfecha con su cuerpo sinuoso de mujer con muchas curvas. Una guitarra perfecta, como debe ser una hembra, pensaba, con buenas tetas, un buen culo y la suficiente carne para que Jacinto le sacara las mejores notas, la hiciera vibrar como el mejor de los músicos. Como su novio anterior pensó casi en simultaneo con las primeras lagrimas que se deslizaron por su mejilla, que era músico y la adoraba y la quería sin vacilaciones, ni dudas, ni fantasmas del pasado, ni del presente ni del futuro. ¿Donde estaría hoy si hubiera permanecido con él, que caminos hubiera recorrido, en que espejo se estaría mirando en ese momento, que motivos la harían llorar como lo hacía ahora? ¿Sería por la desesperación de no poder querer como lo quieren a uno? ¿Lloraría por incapacidad de poder dejar a alguien que a uno lo quiere tanto? Sin embargo ella pudo dejarlo a su músico después de cinco largos años. Lo dejó y sintió alivio y al mes hizo el amor con otro y no tuvo culpa. Y ahora era ella la menos querida, sobre la que pendía la espada del despido, del ya no te quiero más como antes, del ya no siento lo mismo. ¿Sería eso lo que le pasaba a Jacinto, se estaría debatiendo sobre la mejor manera de anunciarle su falta de amor? ¿La mutación que ostensiblemente había tenido lugar en la vida de su amado estaría ligada a la incomprensión de el amor que sentía por María? Porque ella estaba segura que él la quería, pero que todavía no había logrado verla como ella sabía que era realmente, sino, no podría hacerle el amor como lo hacía. O si podría. Los hombres eran capaces de cogerse a cualquiera, bastaba que la susodicha poseyera un par de globos razonables y tuviera agujero para que sus pitos se dirigieran al mismo sin mayores remordimientos. Fueron pocas lagrimas esta vez. María permanecía en cueros frente al espejo con los brazos abandonados al costado de su cuerpo, paralizada frente a su propia imagen. Solo sus ojos parecían activos y atentos a la figura que se les presentaba y la cual indagaban como si nunca hubieran visto. No perdieron detalle de las lagrimas que salían de esas mismas orbitas que se miraban, que luego surcaban los cachetes hasta las arrugas que cual paréntesis parecían proteger la boca, para luego desbordar hacia el suelo cuando alcanzaban el mentón. Tal fue la intensidad del flujo de esas pocas lagrimas que en vez de evaporarse durante su recorrido, o ya débiles permanecer pegadas a la piel y continuar su descenso hacia el cuello, en vez cayeron directamente sobre sus pechos con rumbo a sus doloridos pezones. Dolientes por la intensa erección, no fruto de excitación, sino del frío que padecía luego de permanecer tanto tiempo desnuda y mojada y con el aire acondicionado encendido. Sus botones eran extremadamente sensibles y ella no soportaba cuando Jacinto la mordía, aun cuando fuese muy levemente, apretándolos tan solo con los labios. Eso la disponía de muy mal humor. Movió por primera vez los brazos y con sus manos cubrió los pechos para atemperar la tensión en sus tetillas, quedándose aun unos segundos erguida frente al espejo, enhiesta frente a ella misma, desnuda en cuerpo y alma, sintiéndose sola, muy sola. Hasta que un intenso escalofrío le devolvió momentáneamente la razón y la conciencia del entorno. Decidió meterse un rato más en la cama hasta entrar un poco en calor.

Friday, July 07, 2006

Capítulo 14 de Así es la vida

Antes de salir se detuvo un momento en el hall, azuzando el oído para escuchar si provenía algún ruido desde el primer piso que le permitiera adivinar en que andaba su mujer, como si su sola presencia le pudiera devolver la tranquilidad perdida. Exactamente eso le daba María, la tranquilidad que siente el que se sabe querido, pero a su vez le quitaba su libertad. Y cual era la libertad que reclamaba, se preguntó Jacinto. La libertad de ser y pensar de acuerdo a lo que le dicte su esencia. Ser uno sin esconderse, sin secretos, aceptado con sus excentricidades. Tal vez ese fuera el límite de lo posible con María, porque desde hace algunos meses él se había redescubierto y había hecho las paces consigo mismo. Había conseguido liberarse, finalmente, del fardo que cargaba desde su casamiento. En realidad dos fardos. Por un lado consiguió disolver el hechizo de su pasado, descubriendo que su viejo amor no encarnaba la pasión que pensaba le hubiera correspondido, sino que le servía para justificar lo que realmente sintió al casarse, la sensación de que se truncaba su libertad. Al esconder desde el primer día esa verdad, asumió el otro fárrago que gravaban sus espaldas, y era el sentirse responsable de no amar como lo amaban a él, y por lo tanto ser el encargado de la felicidad de su mujer. Entendió finalmente que cada ser humano es responsable de su dicha y de sus acciones y que, aun cuando lo hubieran disimulado y nunca lo hubieran conversado con claridad y sinceridad, ambos sabían que su vínculo formal se había iniciado mancado. Ninguno podía afirmar hoy sin sonrojarse que había otorgado el sí engañado. Tal vez, si pudiera hacerle algún reproche a María, sería el de haber fomentado en él esa responsabilidad tremenda y cuya consecuencia fue que de a poco la carga se tornó demasiado pesada. La entrega total de María no era sana y había minado la esencia de una relación de amor. La libertad. Son dos personas libres las que deciden convivir en respeto de la libertad del otro. La libertad del otro es lo que atrae, no la sumisión. Porque la sumisión de María supone la suya, y Jacinto no quiere estar sometido. Ahora, pensaba, seguramente esas piedras podrían ser removidas de las respectivas mochilas. Al menos lo esperaba, para así poder reanudar la relación desde un ángulo nuevo, el correcto. Pero tenía dudas de que María aceptara estas nuevas reglas. Ponía muchas objeciones al nuevo Jacinto, y, aun sabiendo que él estaba más contento, parecía que prefería defender las antiguas normas de convivencia. Había aprendido a moverse en ese mundo, donde a pesar de sus miedos, podía controlar su existencia. La asustaba mucho más el universo desconocido que le ofrecía este nuevo Jacinto, y no se daba cuenta que en realidad lo estaba alejando más. Renovó su atención y lo único que consiguió escuchar fue el silencio, un silencio ruidoso escribiría un poeta, pensó Jacinto con un dejo de entusiasmo por llegar cuanto antes a la oficina y ponerse a escribir. Tal vez con la escritura consiguiera ordenar todos estos pensamientos y desenredar esta confusión de ideas y sensaciones. Puso en marcha el auto y enfiló hacia la costanera, percibiendo recién entonces que era un día de sol esplendoroso y deslumbrante cielo celeste como no veía hace tiempo, o al menos así le pareció a él. Sin duda un día maravilloso para toda esa gente que desde temprano se había adueñado de la rivera, desinteresada de la angustia que reinaba en el interior de ese auto anónimo con chapa diplomática que se desplazaba un poco más lentamente que el resto del tránsito. Abruptamente decidió que hoy no tenía ganas de ir a la oficina, al menos no enseguida, ya que seguir su rutina no lo ayudaría a mantener ese desarrollo de pensamientos que tenían lugar desde que abriera los ojos y que lo mantenían en una suerte de reflexión continua y lúcida de la realidad. Retomó la costanera en sentido contrario, hacia las playas, pero sin un rumbo establecido, y como si estuviera en piloto automático condujo a baja velocidad, como alguien disfrutando de la vista que le ofrecía la playa y el mar, pero que Jacinto contemplaba hoy sin ver. (Me voy unos días a ver coger a las ballenas, ...y después sigo con este relato, el viernes 14....)

Thursday, July 06, 2006

continuación del 13

.....lechoso que custodiaba, lo pensaba cada vez, millones de Jacintitos posibles. No quería perder por nada en el mundo ese privilegio y algo le decía que lo que aconteciese en el día de hoy sería determinante para la perpetuación de su dicha. Se quedó quieta, inmóvil en el líquido caliente, inhalando el vapor que le quemaba la garganta y disimulaba su otro dolor, el que continuaba insinuándose en su pecho. Era obvio que Jacinto estaba pasando por un proceso de crisis, aunque el lo calificaba de búsqueda, y continuamente se enfrascaba en lecturas de personajes que ella ya había leído. Pero en vez de mostrarse contenta con esta flamante novedad que podría significar el despertar de Jacinto al reconocimiento de su amor por María, como ella siempre había soñado, se exhibía recelosa de los evidentes cambios que asomaban en su marido. No obstante sus temores, decidió continuar hablándose con la verdad, sincerándose con ella misma y no rehuir al ensamble de ideas que se agolpaban en su cabeza en la quietud de su baño. Las manifestaciones externas de los cambios en Jacinto habían comenzado con la exteriorización de dejos de fastidio sin explicación, como si estuviera refrenando un malestar sin saber si debía disimularlo frente a ella o no, descubriéndolo muchas veces ausente cuando le hablaba, ensimismado en pensamientos que por supuesto no compartía con ella. En esta etapa se quedaba más tiempo en la oficina y en varias oportunidades a último momento, en vez de regresar a comer a casa, anunciaba que lo haría con amigos. Y ella no podía dejar de recriminarle esos desplantes, aun cuando en el fondo supiera que hacía mal al no concederle esos momentos propios. Sobre todo porque el fastidio de Jacinto en esas ocasiones era terrible, lo ponían muy mal. De un día para otro Jacinto resolvió retomar terapia y se convirtió en un ávido lector de libros sobre el sincrodestino, para terminar consumiendo todo lo escrito por personajes tan caros para ella, como Joseph Campbell y la autora mexicana de Mujeres que corren con los lobos, que tantas veces le había pedido que leyera. Desde entonces las cosas habían mejorado y lo notaba más contento, inclusive había retomado una asignatura pendiente, la escritura. También había reiniciado contactos con un antiguo compañero de facultad con quien pasaba horas analizando proyectos de inversión y alternativas laborales totalmente diferentes a su actual especialidad, como poner un restaurante en su barrio de origen en Argentina. Ella se convirtió en una crítica feroz de estas iniciativas y se mostró intolerante con las perspectivas de cambio que pudieran derivar de las mismas. En realidad estaba asustada, se sinceraba mientras se secaba frente al espejo, temerosa de todo el mundo nuevo que estaba construyendo Jacinto, con evidente alegría, como si finalmente hubiera descubierto un tesoro por largos años buscado y del cual ella no formaba parte. Si encontrase la lámpara de aladino y se le pudiera cumplir un deseo, este sería el de conocer los pensamientos de Jacinto, el de poder penetrar en la intimidad y profundidad de su ser y saber todo sobre él, conocer sus más oscuros secretos.

Tuesday, July 04, 2006

13 de Life as it is

María suspiró aliviada cuando de reojo vio que Jacinto ya estaba vestido y que evidentemente no subiría ni para el rito sagrado diario de cagar como Dios manda, disfrutándolo según decía él. Ese hecho por sí solo ejemplificaba la gravedad de este desencuentro inexplicable. Por ahora inexplicable razonó María, intuyendo que tal vez de ello pudiera surgir algo positivo, pero le daba terror todo lo contrario, que la mirada de Jacinto fuera el preanuncio de algo temible para ella, de algo que el quisiera decirle y no encontrara las palabras, o el coraje, lo que es peor. Pero sus ojos no le pudieron esconder la existencia del dilema en que se debatía Jacinto, y como en un fondo de ojos ella pudo ver, y ahora le tocaba descifrar, el misterio escondido en las entrañas de su amado. Y eso le producía pavor. Pero algún día tendría que enfrentarse con el monstruo escondido, hacerle frente y abatirlo. Lo que no podía era seguir con esta convivencia con los demonios de por vida, y tal vez había llegado la hora de la verdad. Otra vez tendría que reiniciar el peregrinaje de su relación con Jacinto, desde el comienzo, sin mentirse, asumiendo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como se les pide bajo juramento a los testigos en los juicios. Porque está claro que cuando uno dice solo parte de la verdad le impide al otro la comprensión del todo, en este caso a ella, ella misma se escondía y no se enfrentaba con toda la verdad y le reclamaba a Jacinto que asumiera de una buena vez su realidad, se entregara a su amor en vez de lamentar un pasado que no fue. Que no había sido -ella sabía- porque simplemente no debía ser. Pero si esto era así, ¿por qué su miedo a enfrentarse con su verdad?. La verdad de María, la que le pertenecía solamente a ella era que, así como Jacinto se había casado “supuestamente” sin desearlo, María había aceptado casarse sabiendo que él no estaba seguro. Esta era su gran responsabilidad y con la cual, junto con la inseguridad de Jacinto, habían construido su matrimonio. Cada uno debería asumir sus cargas y no reclamarle al otro la responsabilidad de la parte imperfecta del vínculo que los unía y adjudicarse únicamente las glorias del mismo. Ahí está, ya lo estaba enfrentando pensó María. Si, era cierto, y ahora qué, cual era el siguiente paso, que hacía con esa verdad. Llenó la bañadera y se sumergió en el agua casi hirviendo, como le gustaba a ella y no a él, quien la prefería mas tibia. Le encantaba los baños de inmersión y más cuando lograba compartirlos con Jacinto. Lo mimaba como estaba segura nadie lo había hecho en su vida, y sabía que Jacinto le decía la verdad cuando le confirmaba que era así, al igual que cuando le susurraba que los suyos eran los mejores masajes, los que realmente conseguían relajarlo. En estas ocasiones advertía su entrega, apreciaba como nunca la sinceridad con que Jacinto sucumbía y se dejaba llevar por la melodía de sus manos hasta la emoción final de la comunión sexual con que casi siempre finalizaban estos ensayos. En la tina sin embargo la devoción por su hombre se expresaba aun con mayor fervor, porque su intención era darle placer a Jacinto, y su gozo era ese, deleitarse con la voluptuosidad de su enamorado y no perderse detalle del poder de sus manos. Acercarse con y sin disimulo a su miembro y admirar entre risas de intimidad su crecimiento, observar como a medida que se concentraba en las caricias de su ya palpitante extensión, se perdía su mirada y parecía que extraviaba la conciencia. Esto era lo maravilloso, permanecer consciente mientras jugueteaba con el deseo de su macho, llevándolo al limite de la incontinencia para detenerse abruptamente y vigilar su regreso del más allá, atrapar otra vez su mirada y con una sonrisa precipitarlo nuevamente en el abismo hasta la culminación. María contemplaba y se extasiaba con cada detalle de este proceso, espiando cada reacción, cada reflejo de sus músculos ante el vaiven de sus manos sobre su pito duro y maravillarse siempre, como si fuera la primera, con la tensión que adquiría cada parte de su cuerpo al acercarse el momento final y luego el desborde del contenido

Monday, July 03, 2006

y vamos para el 12

Encontró el comedor diario vacío, horriblemente vacío pensó, para preguntarse enseguida el porqué de ese pensamiento tan absurdo, tan indigno de pensarse, no propio de una vida tan llena como la suya. Escuchó como María despedía a los chicos en la vereda y a continuación el ruido de sus chancletas al subir las escaleras, un ruido que hoy sonaba como más fuerte, destacándose por sobre los demás, el rumor de pasos que se alejaban. ¿Qué le pasaba hoy que todo tenía un sentido tan dramático, tan denso, donde cada acción, cada ruido, como el reciente de las pantuflas, sobresalía del contorno cuando él le dedicaba atención, o era justamente al revés, eran las propias cosas que sucedían las que lo llamaban requiriendo su atención y adquirían un significado preciso, como si hoy le estuvieran transmitiendo un mensaje especial?. En los últimos tiempos se había interesado bastante por el tema de la sincronización y el destino, por la relación de todas las cosas entre sí como parte del todo, no solo las físicas sino también las psíquicas, y desde entonces había comprendido el sentido de muchos aspectos de su vida, de cómo fue tomando determinado rumbo y no otro. Esta inquietud le surgió a Jacinto cuando en uno de sus viajes haciendo tiempo en Ezeiza le llamó la atención un libro escrito por alguien cuyo nombre le sonaba, descubriendo a continuación que el autor era actualmente un médico amigo de un amigo y con el cual alguna vez había jugado al futbol. Dicho libro trataba justamente sobre las coincidencias en la vida de uno, que no son tales, y se tiene que ir descifrando esas supuestas casualidades para que nos vayan conduciendo a través de nuestra vida, pues nos indican el camino que debemos recorrer. A partir de ese primer impulso original, que en realidad lo acercaban y le explicaban aspectos de la vida que hasta ahora no lo habían conseguido ni la religión ni la filosofía, devoró innumerables libros que lo motivaron como nunca hasta ahora, encontrándose en la mañana del día de hoy en pleno proceso de análisis de aspectos de su vida de los últimos años que de alguna manera le incomodaban. A pesar de la felicidad que le daban sus hijos y la relajación que conseguía en su casa, todavía sobrevolaba en su mente una sensación de haber comenzado su vida matrimonial con el píe izquierdo. María le transmitía a veces una paz y un sentido de armonía que pocas veces había sentido, pero existía en su interior una parte de él que se rebelaba a entregarse a esta nueva vida, que el consideraba impuesta y no libremente elegida. Mientras hojeaba los titulares del diario, hoy no estaba para ninguna lectura concentrada, continuó con sus reflexiones sobre lo que acontecía esa mañana y no se le escapó la huida de María del común aposento sin siquiera asomarse por el comedor diario, algo inusual en ella y sobre todo al estar el totalmente vestido, lo cual indicaba sin ningún tipo de dudas que hoy no volvería a subir. Porque ella no pudo dejar de verlo al tener que, indefectiblemente cuando entró a la casa luego de despedir a los niños, pasar delante de la puerta del comedor diario, a la cual él daba la espalda. Además, pensó Jacinto, lo más raro para su esposa sería que él no defecara en su casa después del desayuno, sí esa era ciertamente toda una rareza con respecto a su diaria costumbre. Jacinto no descartó la posibilidad de utilizar el baño de invitados, temiendo no aguantar hasta llegar a su oficina, pero ante la gravedad de la situación, prefirió correr el riesgo. Además el baño de visitas no tenía bidet, y el de su escritorio sí. Era evidente que ambos rehuían el encuentro, conscientes de la alevosía con que optaban por rumiar a solas la situación.

sigue el 11

...Jacinto lo habían dejado. Y lo habían abandonado con un embrujo del cual no podía salir, según creía ella. La otra distinción entre ambos tenía que ver con el grado de conocimiento interior alcanzado por cada uno, el grado de conexión con el sentido de la vida, con los deseos auténticos de las personas. En ese sentido ella era más profunda y estaba conectada con su esencia más intuitiva. En cambio, la intuición de Jacinto, que por cierto la tenía, y que él consideraba el motivo por el cual continuó avanzando protegiendo su matrimonio, era inconsciente, él no se sabía dueño de esa cualidad, de esa capacidad, que ella percibía y trataba de dirigir. En realidad solo la percibía en lo referente a su vida profesional, en la que claramente había seguido sus instintos y estos resultaron correctos, lo condujeron, al menos hasta ahora, a lo largo de una carrera exitosa desde todo punto de vista. Tan era así que Jacinto mismo se asombraba por el positivo devenir que tuvo la misma, como si él hubiera sido ajeno a esos logros. Y, en adición, como si fuera poco, como dicen los vendedores en los colectivos, era un excelente padre, amoroso y dedicado con sus hijos, y se notaba la alegría que le provocaban, los amaba compulsivamente. Todo parecía estar bien salvo esa inseguridad permanente que ella sentía, como si esperase de un momento a otro la falluteada, originada en ese constante mirar hacia atrás de Jacinto, como si se hubiera olvidado algo en el pasado que añorase y cuya falta fuera culpa suya. Todas estas eran sensaciones de las cuales ellos no hablaban, pero estaban ahí, como al acecho, asomando y tomando forma en todas las mujeres que entraban en la órbita de acción de Jacinto. María sabía que no podía bajar nunca la guardia hasta que él no se diese cuenta, solo entonces, esperaba, descansaría tranquila, al menos eso creía.