Wednesday, November 15, 2006

sigue el 33 despues de días de ausencia

..toalla y pensó que lo haría si el calor se hacía insoportable. Recostada cerró los ojos y aceptó de buena gana el calor pintando su piel. ¿Por qué complicarse la vida, con las cosas buenas que te ofrece la creación cada jornada? A algunos pocos, reconsideró. ¿Será realmente por causa de los comportamientos en otra vida? Pero, ¿si la cantidad de gente se multiplica cada año, no es posible que todos hayan vivido en otras vidas, como se explica eso?. Supuso que unos si y otros no, por lo cual, algunos tenían suerte de nacer en un contexto más rico que otros, por pura suerte. O será que los buenos tienen derecho a engendrar nuevas almas en ubicación preferencial de largada que los malos, que les toca nacer en la miseria y la frustración. Esta explicación no la convencía, necesitaba meditarla. Pero el calor se estaba poniendo pesado. Se acodó justo en el momento en que Pablito dejaba caer el agua de su balde sobre su barriga, muerto de la risa y en complicidad con Filomena. No tuvo que fingir un sobresalto pues el contacto del agua con su piel caliente le provocó un grito de auténtico pavor, que no hizo más que prolongar el jolgorio del infante. Acto seguido lo atrapó contra su pecho y lo lambeteó con besos húmedos que el niño intentaba en vano rechazar.

-¿Vamos al agua con mamá?- y bajo la mirada intrigada de su hijo y la niñera, con acrobacias no del todo eficaces, para el deleite de algún mirón, enrollada en la toalla cambió el short y la bombacha por la parte inferior del bikini floreado. Tomando de la mano al benjamín de la familia caminó hacia el mar y sin pensárselo mucho alzó al crío en brazos y se adentró en las aguas para enfrentar juntos las primeras olas. El placer inconmesurable que sintió al sumergirse abrazada a ese pedazo de amor, a ese fruto de sus entrañas, la hizo olvidarse por unos segundos de su drama matrimonial. Al cabo de los cuales regresó al torbellino de su alma, o de su espíritu, todavía no entendía la diferencia. Necesitaba urgente volver a la terapia. No creía poder enfrentar sola esta angustia, sus temores, el pánico de afrontar una vida sin Jacinto. Ahí está, lo pensó con todas las letras, no se sentía capaz de vivir sin su marido, sin su gran amor. Aunque su amor podría bien ser la culpa de la tormenta que amenazaba su hogar. ¿Dónde estaría su hombre en este instante?. Sintió un poco de culpa por el momento de placer que se estaba otorgando, cuando su marido seguramente estaría aburrido en su oficina. Habían sido dos los momentos de placer en esta jornada extraña, además del chapuzón en el agua con Pablito estaba el orgasmo que supo disfrutar apenas una hora antes. Pequeños placeres dentro de un drama. ¿Pero sería tan dramático como le parecía a ella?. Los tormentos del espíritu son comparables a los provenientes de la imposibilidad de satisfacer las necesidades más básicas. Pensó en Marta, la cocinera, que tenía dos hijos que quedaron a cargo de su madre en el interior del país y que con suerte podía ver dos veces al año. Dos niños de 9 y 11 años. Que horror, eso es padecimiento. Lo suyo era un juego de infantes frente a la desdicha de otra gente. Además, que pasaría si Jacinto la dejara. La angustia que le acometió en el pecho fue tan grande que por poco deja de sostener a su hijo. Lo siente como una posibilidad intolerable. Es literalmente incapaz de siquiera imaginar una realidad sin Jacinto, al punto que sabe que seguramente se dejaría llevar por la enfermedad, no solo del espíritu, sino del cuerpo. Esta angustia que le oprime el pecho esta a punto de producirle arcadas, por lo cual decide regresar a la tranquilidad de la orilla.

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