Así es la vida......llegamos al 33
-¿Almuerza en casa Señora?-le preguntó la cocinera.
-No Marta, en realidad no se todavía, pero lo más seguro que no-. No tenía idea que haría, por un lado necesitaba salir, distanciarse del nido por un rato. Pero le costaba alejarse de su casa, no lograba relajarse ni pensar en otra cosa que no fueran sus hijos y su marido. Solo en el taller conseguía cierto sosiego, pero por pocas horas. Además estaba Pablito, su bebe de dos años que en ese momento irrumpió en la cocina con sus torpes pasos, seguido por Filomena con su eterno bamboleo de senos a cuesta. La fastidiaba un poco que nunca usara sostén, y aunque sus tetas no fueran grandes no dejaban de moverse, y sus pezones reaccionaban a cada rato intentando trasponer la débil resistencia del algodón de su delantal, hecho que acaecía con más frecuencia ante la presencia de Jacinto. Por supuesto que nunca le había dicho nada, ni se lo diría. Le tenía simpatía a la joven y estaba segura de que no había segundas intenciones. Además del corpiño, pocas veces se calzaba dentro de la casa, y la recorría con gracia felina desplazándose hábilmente detrás de su hijo menor. Tenía mucho de animal y aunque sus puntas endurecieran más frente al hombre de la casa, María Julia entendía que era como consecuencia justamente de esa respuesta animal que producía la presencia de un macho, mezclada con cierta inquietud o vergüenza ante la autoridad que emanaban de él. En definitiva, reacciones incontrolables que no tenían por objeto la seducción y que por eso la dejaban tranquila, aún cuando Jacinto nunca dejaba de dirigirle alguna mirada. Pero ella reconocía que era imposible dejar de notar ese bailoteo cada vez que ella aparecía y con su marido habían bromeado sobre esa circunstancia que adornaba sus vidas.
-Lo voy a llevar un ratito a la playa de enfrente hasta la hora del almuerzo- anunció la niñera.
-Vamos los tres- se decidió en el momento, -total, no me prepares nada, cualquier cosa como una ensalada a la vuelta- y sin más partieron, ella cargando en brazos a su hijo y Filomena y sus pies descalzos llevando su cartera. Recién al llegara la vereda tuvo conciencia por primera vez desde que amaneciera del resplandeciente día que existía más allá de los muros grises de su alma. Ante la revelación le pidió a la mujer felina que fuera a por toallas y que cambiara su atuendo por algo más cómodo, si fuera posible, porque inmediatamente se preguntó si la mujer podría estar más confortable de lo que estaba, sin nada más puesto que una bombachita y un delantal que nada pesaba. Cruzó con cuidado y esmero la avenida que los separaba de la playa, agradeciendo como todas las veces la bendición de vivir tan cerca del mar. Después de sortear las dunas se enfrentó con las aguas y le comentó al benjamín de la familia, sabiendo que el no lo entendería: - cada vez que quieras reconciliarte con vos mismo sentate frente al mar, o en lo alto de una montaña, y entenderás un poco de que se trata la vida-. Pablo río como si comprendiese, y quien sabe lo hizo, y apuntó con su bracito a la orilla, anoticiándola de sus deseos inmediatos. Que suerte la del pendejito lo envidió ella, por no tener que enfrentarse con nada que no fuese el ya, el presente eterno. Y además, con el privilegio de origen de haber nacido en una familia que nada le haría faltar. Unos nacían con más pecado original que otros pensó ella, ¿se habrían portado mal en sus vidas anteriores?. Seguramente sentenció, atreviéndose a ...(continua)
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