Wednesday, June 28, 2006

number 11 of Life as it is

Se detuvo un segundo en el cuarto de Pablo y venció la tentación de besarlo, lo que hubiera hecho en otra ocasión porque le encantaba disfrutar del despertar de esa carita y comérselo a besos, extrañaba los momentos de total plenitud que le habían regalado el amamantamiento de sus hijos, pero hoy no podía permitirse ese placer, muchos nubarrones acechaban esta jornada y debía conducirse con cautela extrema para afrontar el día. Bajó las escaleras con cuidado y atenta a cualquier sonido proveniente de la recamara de su dormitorio, y le pareció escuchar el ruido de la ducha, pero no estaba segura. La señora Marta, la cocinera, la esperaba con el termo del agua caliente y el mate cebado, pero María pensó que la yerba no sería adecuada para comenzar el día, le podría provocar nervios y descompostura, así que pidió que le preparase un té de manzanilla, con poderes tranquilizantes necesarios para continuar analizando la situación. Martincito terminó sus cereales mirando dibujitos en la televisión, pero enseguida se levantó y se dirigió al playroom contiguo a jugar con sus muñequitos favoritos. Ella normalmente lo habría interceptado en su camino para molestarlo con besos y arrumacos que lo excitarían y ocasionarían una falsa reacción de queja cuyas carcajadas luego desmentirían inmediatamente. Adoraba a sus hijos, amaba a su marido con locura y sentía profundamente que su familia era el motivo esencial de su existencia, se consideraba plenamente realizada. De ahí el terror a perderlo a Jacinto, creía firmemente que perdería su vida y le resultaba intolerable la sensación de pánico que esa posibilidad le producía. Y hoy reconocía ese incipiente malestar que poquito a poco se asomaba en su mente y se hacía sentir en su estomago y que si no controlaba ocuparía su psique, subiría y le oprimiría el pecho. Basta, pensó, mejor seguir intentando entender lo que les pasaba. El arribo de Margarita y la niñera interrumpieron por unos segundos tan nefastos pensamientos y abrazó con emoción ese cuerpito, ese proyecto de mujer que tanto había deseado, todos sus hijos habían sido deseados, inclusive Martín, que aunque había sido concebido antes del matrimonio, y fue causa del mismo, no le cabía la expresión de “embarazo no deseado”, porque ella lo había anhelado con pasión. María supo desde un comienzo que Jacinto era su hombre y el futuro padre de sus hijos, lo intuyó todo su ser, su esencia, como le gustaba ahora decir a él, con su profundidad de mujer, era su hombre salvaje. Desde ese primer momento se abocó a la tarea de despertarlo, de avivarlo, de despabilarlo de la vida inconsciente que llevaba y conducirlo a la lucidez de la vida, de su ser. Pero no fue, ni por lo visto sería, una tarea sencilla. Todo lo opuesto, hace seis años que batallaba con todas sus capacidades de mujer, de hembra salvaje, para conseguir que este hombre especial la descubriera, y se descubriera entonces, por completo. Cuando se conocieron ambos salían de noviazgos largos, especialmente ella, seis años de compartir amores y proyectos con una persona. El apenas rozaba los cuatro, los cuales, no por menos, como lo demostraría el futuro, dejarían menos cicatrices, todo lo contrario, parecería que Jacinto no podía desprenderse de su pasado, se la pasaba mirando para atrás, cual cangrejo que no solo retrocede dos pasos por cada uno que avanza, sino que lo hace de costado, nunca tiene un derrotero recto. Sin embargo, eran dos las diferencias, siempre la dualidad en todas las cosas de la vida, a la hora de analizar las características de cada historia y que incidían en su forma de acercarse al vínculo. Ella había sido quien, por decisión propia, pusiera un fin a su larga relación de pareja, mientras que a Jacinto (coninua en próxima entrega)

Tuesday, June 27, 2006

2da parte del 10

como ella lo llamaba, con ganas de incitarla. Luego la había mirado mientras se desnudaba, elegía una bombacha, la daba vuelta hasta encontrar la parte de adelante, se la ponía, lo miraba y se reía, sabiéndose admirada, o imaginándose deseada, para luego continuar su ritual con el corpiño, intentando, sin lograrlo, cubrir del todo esos enormes pechos. Ya motivado por ese striptease al revés, y en asociación directa con el tamaño de los pectorales de María, había recordado a la hermana de su antigua novia, quien seguro le hubiera disputado una final de camisetas mojadas. Dispuesta su excitación se había metido en la ducha y entregado al siempre grato placer solitario. Posteriormente su mujer había vuelto y le había reprochado, sin decírselo directamente, que se hubiera masturbado. Al bajar a tomar el desayuno no pudo dejar de notar, al igual que lo haría con todas las mujeres que se le cruzaran a lo largo del día, como se le marcaba la tanguita a la niñera por debajo del delantal, y sus pezones, que saltaron en cuanto apareció. No era linda, pero era joven y tenía buen físico. No le motivaba ningún deseo de tincársela ni nada parecido, pero sí le gustaba darse cuenta, o mejor, ya entendía que era compulsivo debido a su esencia, no podía dejar de apreciar esos detalles. Apenas finalizado el desayuno corrió escaleras arriba para sentarse en el water y soltar los residuos acumulados, lo que también constituía un acto gozoso. Una vez vestido y en el auto, dirigió por la rivera hacia la oficina, iniciando un recorrido que bordeaba el mar y las playas, avistando las mujeres que corrían, tomaban sol y paseaban, la mayoría en short y bikini para aprovechar el tibio sol primaveral. El entero trayecto estuvo impregnado de sexo. Ya en el ascensor se topó con la deslumbrante pasante del área de cooperación del organismo internacional donde ganaba el pan de cada día, ante quien expuso instantáneamente sus armas de seducción. Al ingresar a su sector de trabajo con un solo barrido de ojos capturó la vestimenta de las cuatro mujeres del área, especialmente la de una, la más mona, con la cual llevaba adelante un jugueteo verbal, que en su caso, tenía una connotación intencional de seducción que solo él sabía, y obedeciendo a esa parte constitutiva de su ser, registró a cuales se les marcaban los pezones a través de las blusas, el tipo de corpiño escogido, y en el caso de la que acaparaba su interés, el tipo de bombachita seleccionada para el día. Ni que hablar cuando se trasladó a la oficina del Representante Regional, cuya secretaria ostentaba el trono indiscutible de diosa del edificio y con la cual intercambió piropos y miradas de alto contenido erótico, pero conscientes que nunca evolucionarían hacia carriles ajenos al juego por ellos inventado y cuyas reglas no escritas respetaban sin permitirse transgresiones. Ni que hablar de la hora en el gimnasio antes del almuerzo donde se deleitaba observando cada detalle anterior y posterior de dos potras tremendas que con indiferencia estudiada no ignoraban el efecto que sus presencias provocaban en la fauna masculina del lugar. Rápidamente visualizó a la moza que lo atendió en la plaza de comidas del shoping donde almorzó, las que cruzó al regresar al trabajo, donde nuevamente se encontró con su harem privado, para enseguida recordar las mujeres con que departió en la casa de Heriberto y el posterior ritual antes de dormirse en que no perdía detalle del desvestirse de María. Jacinto se preguntaba entonces si no sería mucho más rápido en su caso tratar de cuantificar las veces durante el día en que no pensaba o miraba o sentía con su ser sexual. Se secó mal, dejando varias porciones de su cuerpo todavía brillando por la humedad no derrotada y se vistió con torpeza, tropezando al calzarse los calzoncillos y los pantalones y debiendo ensayar tres veces el nudo de la corbata antes de que le satisficiera, lo que corroboraba la tensión con que afrontaba el día.

Monday, June 26, 2006

y vamos para el 10.....

Mientras se enjabonaba los testículos Jacinto no pudo dejar de volver a pensar en la ausencia de erección al despertar esa mañana. Consideró ese hecho como un factor intrínseco a su forma de ser, como la confirmación de la convivencia de su naturaleza dual. El hace rato que se había percatado de su profunda esencia dual, de la no fácil coexistencia entre su ser psiquico sexual y su ser psíquico no sexual. Le resultaría difícil explicar esto en palabras, porque como se mide con rigor, no científico, pero si con algún grado de exactitud la cantidad de tiempo en 24 horas que alguien tiene pensamientos sexuales conscientes o inconscientes. Podemos hablar de inclinaciones, motivaciones, costumbres, comportamientos, etc., en fin, muchísimos aspectos de la sexualidad personal que pueden ser investigados y analizados con criterios de objetividad. Hace poco había leído un artículo en el cual se afirmaba que el hombre piensa en sexo tantas veces por día. Le pareció un absurdo, al menos en lo que se refería a él, en cuya cabeza cohabitaban toda suerte de pensamientos sexuales con los no sexuales durante toda la jornada. Cuando no estaba concentrado en una tarea laboral específica, así como de lectura sin ningún tipo de contenido erótico, era difícil que en su psique no apareciese lo sexual. Siempre le había intrigado saber si esta era una situación común a toda la especie, tanto masculina como femenina, o tal vez más propia de los machos. Luego de haber reflexionado bastante sobre ello había llegado a la conclusión de que eran dos los elementos a tener en cuenta. Por un lado la cultura, entendida como costumbres de una sociedad, condicionaba muy profundamente el reflejo o actitud sexual de los individuos, e iba cambiando a lo largo de los años. El otro elemento era el inherente a cada persona, a cada ser, a cada individuo. Era parte de la constitución del cuerpo y alma de cada individuo. Era la esencia sexual del individuo y la que lo diferenciaba, al igual que otras características, del resto de los humanos, su adn sexual original, puro. Y era esta parte de su constitución esencial la que Jacinto creía que tenía muy desarrollada. El había notado que su mente estaba en estado de alerta sexual permanente en su vida de todos los días. Desde que se despertaba hasta que se metía en la cama, recorría su rutina diaria dejándose llevar por su ser sexual y no sexual, prevaleciendo cada uno dependiendo de la actividad que estuviese desarrollando en determinado momento del día. Al ser un tema de interés permanente para él, no pocas veces había recreado toda una jornada para intentar cuantificar las veces en que había tenido pensamientos sexuales. Por ejemplo ayer mismo, si se entregara a ese ejercicio, comprobaría que le había dedicado gran parte a pensar en sexo, sin poder ni querer evitarlo. Ya lo había aceptado. Había abierto los ojos e inmediatamente había sentido su pene erecto, lo que le había producido la primera sensación placentera sexual del día. Le gustaba tener el pito parado, le hacía sentirse bien, que todavía estaba joven, que nadie le podía robar, si quisiese, un momento de placer solitario. Automáticamente, casi siempre, pensaba si tenía ganas de hacerle al amor a María. Contadas veces lo hacían por la mañana, pero igual lo pensaba. Luego, al hacer pis, también sentía un placer con connotaciones sexuales. El desahogar, el dar rienda suelta al liquido contenido en la vejiga era también placentero y él lo disfrutaba. Se acordó de un amigo de la adolescencia que le decía que cuando tenías muchas ganas de mear, si abrochabas con dos dedos la piel suelta que recubre la glande y soltabas la orina, esta llenaba el espacio que podía alrededor de la cabeza del pito pero sin poder salir, y si aguantabas la presión lo más posible hasta que te resultaba insostenible, al abrir los dedos y soltar el liquido acumulado como el agua contra un dique, te provocaba, al decir de su amigo, un placer parangonable a un orgasmo. Esto se potenciaba enormemente si uno estaba fumado. El recordaba haberlo probado y que no le había parecido ni remotamente cercano a las delicias de un orgasmo, ya sea fruto de una paja o de sexo compartido. Después, al regresar a la cama se había acurrucado junto a María encostándole la viejita, (continuará en el próximo...)

Thursday, June 22, 2006

y vamos para el 9 de Así es la vida

María caminó hasta el cuarto de los chicos y se quedó mirando desde la puerta, con la bata todavía en la mano, como Martincito luchaba para ponerse las zapatillas y Margarita forcejeaba con la niñera que le quería pasar la remera por la cabeza. Pablito, su bebé, todavía dormía en el cuarto de al lado. Les dio un beso a los dos y le dijo a su primogénito –déjame que te ayudo- y arrodillándose frente a él tomó su piecito entre sus manos y antes de intentar introducirlo en la zapatilla simuló que se lo metía en la boca, lo que lo hizo desternillarse de risa. Le encantaba la risa de Martincito, cuando lo hacía se le iluminaba la cara, era como un estallido de felicidad. De repente extendió su manito y con el dedo índice le tocó, como si fuera un timbre, el pezón de su teta derecha, la cual nítidamente se transparentaba por debajo de su camisón.
-¿Que haces loquito? – dijo Maria riéndose y terminando de calzar ese diminuto adminículo que ahora le cubría el piecito a su amorcito.
-Juego- contestó y salió corriendo para ir a tomar el desayuno, ya completamente ajeno a ese acto de curiosidad que acababa de realizar. María se vistió enseguida la bata porque se dio cuenta que no llevaba bombacha y también se le notaría la oscuridad de su pelaje inferior. Lo hizo pensando en el tierno toque de su hijito, curiosa por saber si ya desde tan pequeño tendría la inclinación por los pechos que ostentaba su padre, quien declaraba abiertamente su atracción por las glándulas mamarias, siendo ella feliz poseedora de un par realmente grandes. Era inocultable que a Jacinto le atraían mucho las mujeres y no podía, o no quería, dejar de mirarlas. Era un mirón, y siempre lo había sido, desde la primera vez que salieron formalmente ella se dio cuenta de esa característica y no le gustó. Esa actitud no ayudaba para nada a tranquilizar sus celos, por el contrario le provocaba una mezcla de fastidio e inseguridad. Reconocía que era una combinación poco feliz y daría cualquier cosa por conseguir evitar esas reacciones. Lo mismo sucedía al mirar la televisión cuando Jacinto se adueñaba del control remoto e iniciaba su recorrido virtual deteniéndose sin falta en todas las escenas de sexo o de minas en bolas, cualquiera fuera el argumento de la película. A ella no le importaba si al ver una película aparecía una escena sexual, sí le fastidiaba a la hora del zapping, porque parecía que estuviera buscando las escenas de alto voltaje. No entendía porque le gustaba mirar tanto como lo hacían los demás, y ella se lo decía, María nunca podía reprimir sus emociones, a pesar de percibir que, en casos como este, su sinceridad golpeaba con la de él. Porque al no esconder su interés por todo lo referente al sexo, Jacinto estaba siendo sincero, pero igualmente, muy a su pesar, cedía al pedido de María de cambiar de canal. Ahora, después de seis años de convivencia ya casi ni se detenía ante una escena de contenido sexual si estaba presente y ella sabía bien que lo hacía con cierto disgusto, como si le coartara algo inherente a su personalidad. Pero no le importaba, porque defendía sus derechos, ya que si miraban televisión juntos el programa debía ser consensuado por ambos. A veces pensaba que la fijación de Jacinto por los programas sexuales reflejaban su faceta frívola, que lo asemejaba al resto de los hombres, lo tornaba más común. Y María sabía que Jacinto no era nada común, para ella era una persona con cualidades muy especiales.

Wednesday, June 21, 2006

y sigue Así es la vida 8

Percibió el movimiento, porque no lo escuchó, lo sintió como seguramente lo hacían los sordos, una vibración interna, como la que produciría un contrabajo. Y hoy todo parecía obedecer a un ritmo impuesto por otro y cuya música el desconocía, como estaba seguro que María tampoco, y debían por lo tanto improvisar. Ahora le tocaba a él, pues su mujer acababa de abandonar el escenario. Podía regresar a la cama, si quisiese, todavía caliente por el cuerpo que hasta hace un momento yacía del lado derecho, el que en este último destino María eligiera. Sí, porque en este país, al que habían arribado hace apenas seis meses, ella había elegido ese lado y el lo había cedido sin darle pelea. No le daba mucha importancia a esos rituales, o como se llamasen, de ocupar siempre el mismo sitio, para sentirse dueños de un espacio. En realidad le daban fastidio ahora, en la madurez. Cuando era chico tenían cierto encanto, el lugar de su padre, y todos los varones de la casa disputándose los costados a lado del progenitor, de la autoridad. Como él era el menor de cuatro hermanos poco a poco le fue restando importancia a tener su sitio, seguramente porque el nunca podía elegir, a él le tocaba el descarte. El único que recordaba haber podido elegir en su infancia fue el de atrás de su padre en el auto, la ventanilla de atrás del lado del conductor, renunciando al privilegio de ir adelante, en el asiento del acompañante. Esto del sitio era una costumbre afincada en todas las familias, según pudo comprobar. En todas las casas estaba el “no, allí se sienta mi padre, o discúlpame , ese es el sofá de mi madre” y empezó a tomarle fobia a esas costumbres sin sentido aparente salvo el marcar el territorio o el lugar de uno. No era nada democrático y entonces Jacinto se decidió a combatirlo, al menos en su casa. Y con el tiempo se fue desinteresando del asunto y ocupando cualquier lugar. Lo único que sentía como propio, eso sí, era su casa. Le gustaba lo agradable de la sensación de sentirse en su hogar. Sentía que estaba en el lugar correcto, era casi intuitiva esa sensación, como que lo conectaba con el todo, con la pertenencia al todo, y con María. Sí, porque era gracias a ese sentimiento de estar en el lugar correcto que podía hacerle frente a las obsesiones de María, a las pequeñas y grandes, últimamente más grandes, conductas y actitudes de ella que lo enervaban y cercenaban su libertad, o sus pequeñas libertades. Optó sin embargo por darse una ducha y vestirse antes de bajar a tomar el desayuno, y no después, como acostumbraba para poder cagar antes de bañarse, vestirse e irse. Hoy tendría que manejarse con otras pautas para no encontrarse a solas. No debía verla hasta que no tuviera la cuestión resuelta, o casi. Era de la opinión que lo sucedido esa mañana revestía suma importancia y por lo tanto debían, ambos, abocarse cada uno a entender los motivos antes de hablar sobre el asunto. Estaba convencido que se estaba acercando la hora de la verdad, la hora de la comunicación, la hora de la autenticidad. A esta palabra le adjudicaba muchísima importancia últimamente, en contraposición a la hipocresía que lo inundaba todo. Sin ir más lejos, y volviendo al tema de Clínton, le parecía un ser auténtico, su intercambio con la tal Mónica mostraba su autenticidad. No como la mayoría, la generalidad de los personajes de la fauna argentina, empezando por ciertos políticos y periodistas. Como ese al que le encanta comentar sobre la etimología de las palabras, mostrándose como símbolo de corrección y la mesura, le costaba imaginárselo haciéndose y disfrutando de una buena paja. Eso sí, por otro lado no tenía ningún reparo en inducirte a votar por un personaje carente de cualquier moralidad, como lo hizo en las últimas elecciones. A Jacinto, todo lo que no fuera genuino le molestaba profundamente, no era lo mismo un reo auténtico, que ya no quedaban muchos, que esa enorme parafernalia de gente que pretendía ser lo que no era, lo cual los convertía a todos en vulgares. Y pocos escapaban a ese costumbrismo de hablar mal, de poner malas palabras en cualquier relato. Tal vez, de tanto ser utilizadas algún día perderían el impacto ofensivo original que imaginó su creador. Pero no era este el momento de perderse en este tipo de cavilaciones, pues ni él ni María Julia eran mal hablados. Hoy tenía que concentrarse en comprender el sentido de su tristeza, que surgía de las mismas y profundas preocupaciones que la embargaban a ella. Preocupaciones distintas por cierto, quien sabe, aunque posiblemente fruto del comienzo incierto en que iniciaron la travesía de su matrimonio.

Tuesday, June 20, 2006

continaua Así es la vida 7

Todavía acurrucada en la cama María recordó, sin saber que Jacinto hacía lo propio, lo sucedido en la mañana de ayer. Tampoco la hubiera sorprendido tomar conocimiento sobre la sincronización de sus pensamientos, porque ella creía, estaba segura que entre ella y el hombre silencioso del baño existía una comunión que Jacinto todavía no había logrado descifrar. Y su temor, su gran miedo consistía en imaginar que nunca lo lograría y que se dejaría llevar por cualquier cara bonita, o culo precioso que se le cruzara por el camino. Y el mundo estaba repleto, saturado de pendejas lindas sin escrúpulos en tomar al hombre de otra. Lo consideraba un ser inteligente y sensible, cariñoso y fuerte, pero no tanto como para algún día sucumbir ante las garras de alguna aprendiz de mujer. Y existía también esa maldición, el hechizo que no le permitía desembarazarse de su pasado. Como si Jacinto todavía padeciese el embrujo de otra mujer y ahora le tocara a ella conjurar esa maldición. Por eso estaba tan atenta, obsesivamente alerta a cualquier cosa que lo involucrase y moría de celos de cualquier manifestación o vivencia de Jacinto que no estuviera bajo su control o conocimiento. Sabía que esto no era bueno, pero no lo podía evitar. Y cuando ayer se dio cuenta que él acababa de masturbarse, la afectó, y no pudo disimularlo. Ella intuía que el hombre era más animal y que era una práctica que, sobre todo en la adolescencia, hacían con frecuencia. Entendía que ahora las mujeres eran más libres para disfrutar su sexualidad pero era algo que todavía no aceptaba del todo y no tenía muchas ganas de pensar en ello, por lo cual permitía que tuviese todavía esa sensación de prohibido, de algo más de hombres que de mujeres. En realidad sabía perfectamente que no tenía nada de malo, aunque ella no la practicase. Inclusive, cuando jovencita, bañándose en la bañadera, alguna vez se había dejado llevar por el placer que le producía el chorro del grifo dirigido a su vagina. Pero que Jacinto se masturbase era para ella como si le estuviese siendo infiel, porque no sabía si fantaseaba con ella a la hora de hacerlo, y además también se imaginaba que ella no estaba a la par de sus deseos sexuales, y también le molestaba que no canalizara sus deseos hacia ella, solo hacía ella. Y él, ¿no podía esperar a hacerlo con ella, necesitaba tocarse solo?. ¿No le resultaba más lindo hacer el amor con una mujer, con su amor? María Julia sentía tanto cuando hacían el amor que no entendía como él pudiese querer hacerlo solo. Y si lo hacía solo, ¿no tendría ganas de hacerlo con otra?. Sobre todo esto había vuelto a pensar ayer mientras conducía el auto hacia el encuentro con sus amigas y estuvo tentada en sacar el tema con ellas. ¿Como lo tomarían?.
-¿Sus maridos se hacen la paja?- preguntaría, exponiendo así una intimidad del suyo, porque estaría con esta inquisición admitiendo que Jacinto sí lo hacía. O podría llegar al tema a través de los hijos, pero los suyos eran muy pequeños como para estar hablando sobre si mojaron o no la cama durante la noche, no con pis por cierto. No, no era tampoco su estilo hablar de cosas así con sus amigas, y menos con estas de reciente adquisición. Tal vez con algunas de sus amigas de toda la vida, aunque no recordaba que jamás hubieran tocado un tema tan íntimo. Con algunas se habían confesado cuando había sido el desvirgue, todas se habían entregado por primera vez a sus novios, pero no si alguna vez alguna de ellas se había masturbado. Era algo impensable en su juventud, algo que no se discutía entre jovencitas. Y que vergüenza intolerable cuando tuvo que contárselo al cura aquella vez de la bañadera. Que humillación, no quería que Margarita pasase nunca por algo semejante. Y ella, ¿le hablaría a su hija del onanismo, del placer a solas de tocarse la conchita?. Pero se olvidó de todo esto cuando se encontró con sus amigas y recién ahora le volvía a la mente, mientras escuchaba los silencios de su marido en el baño. Entonces tomó la decisión de postergar el reencuentro, procurar que el mismo tuviera lugar en un ámbito neutral, como el comedor diario tomando el desayuno con los chicos. Se levantó veloz y temerosa que el reapareciera y tuvieran que cruzarse nuevamente las miradas y comprender que el miedo seguía ahí, detrás de sus retinas, en el fondo de su s pupilas, negros agujeros que los conducirían a lo más profundo de sus almas. Y ella no estaba preparada para ello, todavía no, Jacinto todavía no la había descubierto del todo, aun no había despertado a su belleza, al total de su belleza. Llevando la bata en la mano para no perder tiempo salió descalza, haciendo únicamente el ruido suficiente con la puerta del dormitorio para anunciarle su partida, otorgándole, como también a si misma, una tregua.

Friday, June 16, 2006

continua 6 de Así es la vida

mostraba la integridad de Clínton, la integridad con su naturaleza de hombre, lo que lo hacía igual a los demás e igual a Jacinto, porque él también era infiel. Todo el mundo afirmaba, en general, que por su inteligencia y capacidad no podía y no debió haber hecho lo que hizo. Para Jacinto, en cambio, su comportamiento no hacía más que ratificar la inteligencia de Clínton y lo mostraba como el menos hipócrita de todos los participantes de esa historia. Por supuesto que se cuidó muy bien de entregar sus ideas en forma tan cruda, reservándolas para su fuero íntimo. Pero sí lo defendió y expresó que Clínton era un ser humano como cualquier otro, independientemente de sus capacidades de Estadista. Entonces no había sido ese el motivo, María no podía controlar, todavía, sus pensamientos, su mente, sus secretos. Desde que se casó con Maria sentía que estos eran su única propiedad. Antes de salir para la casa de Heriberto casi ni estuvieron juntos. El estuvo listo un rato antes, como siempre, y estuvo jugando con los chicos, disfrutándolos un poco. Y como no había almorzado en casa no la había visto a María desde el desayuno. Ahí se acordó que en la mañana de ayer el único hecho, ahora se daba cuenta, que podría haberle producido algún fastidio a su mujer, fue el que se hubiera masturbado. Después del pis matinal en erección había regresado a la cama y le había apoyado el píto, ya en proceso de descenso post orina, en la cola, pero ella le dijo que no se ilusionara porque debía levantarse volando para llevar los niños al colegio. Estuvo remoloneando en la cama mientras su mujer se duchaba y vestía para encontrarse luego en un desayuno con un grupo de argentinas del lugar. Al rato, y sin saber porque, se acordó de la hermana de su antigua novia, con quien muchas veces habían llevado los juegos de seducción a límites casi fronterizos con lo permitido a hermana y cuñado. Al recordar tan placenteros episodios su pequeño amigo se puso nuevamente en estado de alerta y con esa flecha marcándole el rumbo se dirigió a la ducha. Y como lo había hecho tantas veces, al igual que el personaje de “El sueño americano”, se hizo una paja fantaseando con aquella cuñada que nunca fue, ni cuñada ni nada. El disfrutaba mucho esos goces solitarios. Ya no sentía la culpa de la adolescencia, ese vacío que su religión le impuso y que por bastante tiempo no logró que lo abandonara aún cuando ya sabía que no estaba haciendo nada malo. Cuando salió de la ducha María entró al baño, había vuelto del colegio para buscar unas tarjetas que debía repartir entre sus amigas, lo miró y le dijo:
-Tenés el pito colorado, te estuviste tocando-
Lo dijo sin picardía, en un tono de voz que denotaba un leve e indisimulado fastidio. Le respondió con un sí, a secas, un poco desafiante, como defendiendo un derecho ganado con la culpa padecida antaño. Ahora el masturbarse ya no era un desvío de la naturaleza, sino la explosión y confirmación misma de la naturaleza. Ella volvió a partir y el meditó un ratito sobre la sensación que le dejó la irrupción de María, el sentimiento de culpa que en ciertas ocasiones le inculcaba María, y eso le molestaba cada vez más.

Thursday, June 15, 2006

continua relato Asi es la vida 6

Jacinto repasó el día anterior empezando por la noche y no encontró nada especial, ningún elemento extraño que le llamara particularmente la atención y les hubiera afectado de tal manera para que ambos confluyeran en esa extraña sensación de miedo al despertar. Habían cenado en la casa de un colega de trabajo brasileño, a quien acompañaba su novia, y dos parejas más, una francesa y otra italiana. A María siempre la ponía un poco celosa la presencia de mujeres monas, y más si jóvenes, como era el caso de la novia de Heriberto. Las otras dos eran damas finas e interesantes, y por ello atractivas. El creía que se había comportado bien, departió con todos y aprovechó para lucir su italiano y su portugués. Notó varias veces la mirada de María, inevitable, siempre estaba pendiente de él y eso lo molestaba. Formaba parte de la coreografía. Nunca dejaba de pedirle, cuando concurrían a una cena, o recepción, o lo que fuere, un evento artístico, “dame bola”, no me dejes sola. Indefectiblemente lo cargaba con esa responsabilidad, como si ella no pudiera valerse por si misma. Además era totalmente innecesario, porque generalmente era Maria quien acaparaba la atención de la gente, y la mayoría de los amigos que frecuentaron a lo largo de sus dos traslados fueron cosecha de sus encantos. Pero su mujer cultivaba esa costumbre de responsabilizarlo por todo, incluida su felicidad. Sin embargo anoche todo había transcurrido en apariencia bien, se había charlado de todo un poco, de cine, últimos libros y la infaltable incursión en la política, tanto nacional como internacional, que a Jacinto le entretenía mucho. No por nada había estudiado Ciencias Políticas con especialización en Relaciones Internacionales. Le gustaba hablar y discutir de política, pero le aburría bastante la rutina diaria de su trabajo, siempre fantaseaba con explorar alguna otra actividad, como escribir. Por supuesto que durante la conversación sobre infidelidad que mantuvo a solas con la novia de Heriberto, al coincidir en la mesa-bar y mientras batía su caipirinha, no pudo evitar pensar en lo agradable que sería llevársela a la cama, y estuvo atento a cualquier palabra o gesto que pudiera sugerirle que lo estaba seduciendo. Su sangre de cazador andaba siempre alerta a la presa. Pero no fue el caso, charlaron sobre la infidelidad con referencia únicamente a la película que sobre ese tópico se había estrenado la semana pasada, y nada más. Luego, cuando se incorporaron al grupo, este adquirió el tema y se intercambiaron opiniones sobre las razones que llevan a la infidelidad del hombre y de la mujer. Jacinto coincidió con quienes, como María y la italiana, y los hombres presentes, afirmaban que la mujer es infiel cuando siente una atracción de carácter en un hombre, no la mera sexual. Es decir, sin llegar al amor, aunque con muchas posibilidades de posteriormente caer en sus garras, la fémina por naturaleza necesita algo más que la mera satisfacción de sus instintos sexuales, algo más que tiene que ver con su instinto maternal. El italiano discrepó con esto último, dijo que tenía que ver con la culpa, inculcada por religiones y sociedades machistas, donde solo al hombre se le permite un goce sexual cuasi libre. No demoró mucho para que se llegase al caso Clínton-Lewinski, donde le resultó interesante comprobar como frente a este hecho concreto se siguiera abusando de lugares comunes para tratarlo. En líneas generales todos, salvo él, coincidían en que el ex –presidente, como representante de la mayor potencia, no podía descontrolarse de esa manera, en el escritorio más famoso del mundo. Jacinto expuso con mucha precaución su idea al respecto, sobre todo por María, porque sabía que el tema de la infidelidad no le gustaba nada y cualquier cosa que él dijera ella lo analizaría desde la pura subjetividad, es decir, si Jacinto lo justificaba a Clínton era porque podía hacer lo mismo que aquel. Jacinto siempre había admirado a Clínton y lo consideraba uno de los estadistas más importantes y preclaros de los últimos años. Cuando surgió lo de su caso con la pasante, no solo lo entendió, sino que lo admiró aún más por eso. No por el hecho en sí, sino porque este (continuará...)

Wednesday, June 14, 2006

......así es la vida 5

A María no le pasó desapercibido que cerrara la puerta cuando normalmente regresaba a la cama y, muchas veces, se acurrucaba contra su cuerpo y ella sentía, no le gustaba nada, la punta de la viejita mojada de pis. ¿Harían todos los hombres lo mismo?. Seguramente, pero ella no había tenido la suficiente experiencia para retener esos detalles. Estos eran particularidades propias de una convivencia, de un día a día prolongado en el tiempo. Solo había hecho el amor con dos personas antes de Jacinto, con quien fuera su novio durante 5 años y dos veces con un chico que conoció inmediatamente después de aquel. Con este último lo hizo porque el joven en cuestión era muy buen mozo y amoroso, justo lo que necesitaba para olvidar al otro. Pero por sobre todo, para experimentar, comparar, sí, saber si el ritual del amor, el encuentro de los cuerpos era mas o menos parecido. Efectivamente se dio cuenta que en lo básico, lo físico, fueron similares, no así en el sentimiento. Pero siempre fue placentero, le gustaba hacer el amor. Pero ya casi ni se acordaba de ellos, debía esforzarse para que la memoria le devolviera alguna imagen, y eso le daba un poco de bronca. Disgusto con ella misma, fastidio por no poder manejar ni siquiera sus recuerdos. Ahora todo era Jacinto, hace seis años y medio que no existía otro hombre ni actividad que acaparara su atención, se había obsesionado con él desde la primera vez que lo vio. Le llamó la atención el silencio, desde que cerrara la puerta no se escuchaba ningún ruido en el baño, ni el correr del agua de la ducha ni del lavatorio. Era muy raro, porque no podía estar evacuando, Jacinto era en eso un reloj, nunca antes del desayuno, siempre inmediatamente después. Le impresionaba el funcionamiento de ese cuerpo, se lo imaginaba como un mecanismo precioso y había sobradas razones para ello. Su perenne erección matinal y ese defecar instantáneo después del desayuno eran solo ejemplos. Pero a ella como escultora no se le escapaba ningún detalle de ese organismo que conocía tan bien, casi de memoria. Lo había mirado, escudriñado hasta el más mínimo e íntimo detalle, había palpado cada centímetro de su materia, era dueña de todos sus secretos y reacciones. Conocía con exactitud cada músculo, el movimiento voluntario o la mera reacción a un estímulo exterior, como la forma de entrecerrar los ojos cuando algo no le gustaba, la manera extraña en que dejaba caer el pie cuando cruzaba las piernas, como si fuera una prolongación desligada del cuerpo principal. Podía, y lo había hecho muchas veces, esculpirlo de memoria.

Tuesday, June 13, 2006

......así es la vida 4

Jacinto tiró la cadena y se quedó mirando como hipnotizado el remolino de agua que se escurría amarillenta hacia los caños del esgoto, y no pudo dejar de estremecerse por el paralelo que esa visión le sugirió con su vida, ¿se estaría yendo su matrimonio a los caños?. ¿Porque no se decidía a tener una charla sincera con María?. Sincera, repitió en voz alta, sin darse cuenta.
-Que dijiste- le preguntó María desde el cuarto.
-Nada, no dije nada- respondió y cerró la puerta del baño, manteniendo la mano apoyada en el picaporte, como esperando que sucediera algo que le removiera esa sensación extraña que conservaba desde su despertar. Giró lentamente y se enfrentó con la imagen que le devolvía el espejo. Cobarde, sos un cobarde, ¿hasta cuando vas a aguantar esta doble vida? se preguntó. Pero que doble vida era esa, si no había tal, únicamente la real que estaba viviendo, la de su cuerpo desnudo reflejado en el cristal y la de su mujer metida en la cama del dormitorio. Cualquier otra cosa resultaba una ilusión, una fantasía, y no cabían las hipótesis de lo que hubiera pasado si, lo que estaría viviendo si, lo que estaría disfrutando si, todas suposiciones vinculadas a si no se hubiera casado. Estaba harto y cansado de todo. No, no era cierto, no estaba ni harto ni cansado de sus tres soles, sus tres hijos que dormían unos metros más allá. Pensar en ellos le produjo el único sentimiento de bienestar de esa mañana. Estaba confundido, eso pasaba, y nada más, nada grave, como lo estarían tantos de sus conocidos. O no era así. Seguro que la mayoría de los hombres que frecuentaba, y aún aquellos que no conocía, no padecían hoy estas preocupaciones. Ya habían orinado y se estaban duchando o tomando el desayuno, leyendo el diario, ayudando a vestir a sus hijos, preparándolos para llevarlos al colegio y tal vez, porque no, pensando en la infidelidad que cometerían esa misma tarde. No sabía como proceder, no volvería a la cama como siempre, siguiendo un ritual que confirmaba, como todas las ceremonias que poco a poco se instalaban en su vida conyugal, su relación con María. ¿Y que estaría pensando ella, que nubarrones acecharían su espíritu?, pues fue más que evidente que ambos se conmovieron por lo mismo cuando se miraron hoy. ¿Porque hoy, y no ayer, o mañana, sino justamente hoy se miraron así al despertarse, que había pasado de distinto anoche para que hoy se desconocieran?.

Monday, June 12, 2006

.......asi es la vida 3

Maria Julia lo miró, como lo hacía cada mañana, sabiendo bien, no intuyendo como
Jacinto, las mujeres poseen el don de saber cuando un asunto es de determinado modo, no tienen dudas, que hoy sería un día muy distinto. Esa mirada matinal lo había dicho todo. Hubiera querido estar viviendo un sueño, del cual ahora despertaría y la realidad se le presentaría como siempre. El beso leve de los buenos augurios y su acostumbrado asombro ante el milagro de todos los días, el pito parado de Jacinto. Le parecía una maravilla que indefectiblemente su marido amaneciera con el mástil erguido, y le gustaba pensar que era por ella, fruto de un sueño erótico que la tuviera como protagonista, aunque bien sabía que podía no ser así, que las participantes hubieran sido otras. No tenía nada de malo, mientras fueran solo sueños. Además no quería enterarse, ni dedicarle más de cinco segundos a ese feo pensamiento, prefería conjeturar que era por ella o por una causa física propia de todos los hombres. Y se percató enseguida de ese detalle, en realidad de la falta de ese detalle matinal, tan incorporado a su vida. Encima Jacinto siempre dormía desnudo, motivo por el cual resultaba imposible no notarlo. Inclusive era evidente que a él le producía un mal escondido orgullo ese hecho. Se sentía más macho y no pocas veces se había pavoneado y lo había exhibido como un galardón para provocarle una sonrisa. Escuchó el ruido que producía el choque de las aguas y recordó la risa que le daba verlo contorsionarse y maniobrar su instrumento para embocarle al inodoro. Hoy estaba meando con la viejita. Así le decía Maria Julia al pene cuando estaba relajado, insólitamente le recordaba a las viejitas de las iglesias. No le parecía estéticamente lindo ese adminículo colgando. Todo lo contrario a la sensación de fuerza que transmitía en su apogeo eréctil. La fascinaba que ese ser blanduzco se transformara en ese garrote duro y vibrante que le gustaba, así sí, tocar. Lo que más le agradaba era cuando la transformación acaecía en sus manos, sentir que podía hacerlo crecer, que tenía el poder de producir esa metamorfosis.

Friday, June 09, 2006

continua relato Asi es la vida

No se dijeron nada, no emergieron palabras de sus bocas, ni siquiera el buenos días con que se saludaban todas las mañanas, normalmente acompañado de un beso fugaz, a modo de evitar olerse el feo aliento matinal. Primero se levantó él y fue hacia el baño para ejecutar su primera acción del día, la misma que cada madrugada realizaban todos los seres normales del mundo, pensó Jacinto. No era un pensamiento nuevo, muchas veces se sorprendía reflexionando sobre la cantidad de gente que, al igual que él en esos momentos, en breves segundos estarían meando. Y enseguida se percató de otra cosa rara de esa mañana distinta y que ya le hacía presagiar que ese no sería un día como otro. No tenía la pija parada, como la tenía casi todos los despertares de su vida, desde donde pudiera recordar, desde los 13 años más o menos. Y por eso pensaba en la población masculina a la hora de desprenderse del pis acumulado durante la noche, se preguntaba si todos estarían pasando por la incomodidad propia de orinar con el pene erecto. Además no era una erección cualquiera, la rigidez de su miembro al despertarse parecía siempre mayor que la que lograba a la hora de hacer el amor, o de coger, que todos saben que no es lo mismo. El lo sabía muy bien. Eso se debía, razonaba él, a que en el sueño estamos totalmente relajados y ningún pensamiento obstaculiza los mecanismos físicos que envían la sangre al pito con un caudal mayor al que se produce cuando uno esta despierto. Todos sus amaneceres eran así, una pinga dura con la cual tenía que lograr posturas de acróbata y realizar contorsiones ridículas para poder dirigir el chorro hacia el water. Sin embargo, esta mañana no tenía la consabida erección, y por un momento se asustó. No supo bien porque, pero hacía un tiempo que estaba atento a cualquier mensaje externo, a toda casualidad que no fuera tal. Desde que había comenzado a leer libros relacionados con el sincrodestino, andaba como obsesionado con eso de estar con las antenas alertas para captar mensajes a él dirigidos. Pero no, enseguida se tranquilizó, lo de su falta de erección estaba relacionado únicamente con lo que sintió al despertar y encontrarse con su mujer. No por el impacto de verla, ya que cada mañana de los últimos seis años lo primero que absorbían sus ojos era la imagen de su esposa, inclusive en la mañana de ayer, y todo continuó fisiológicamente como siempre. Lo sucedido hoy se debía a que seguramente antes de despertarse estuvo soñando con todo esto que lo atormentaba, con la incertidumbre sobre su vida, que ahora también se trasladaba a sus sueños. (continuará....)

Thursday, June 08, 2006

Así es la vida

Se despertaron al mismo tiempo y se miraron raro. Fueron pocos segundos, tal vez solo uno más lento, pero suficiente, porque aunque no lo dijeran, ambos tuvieron una sensación de miedo aterradora, ya que en ese instante y en forma simultanea, como una misma persona y provenientes de un mismo sueño, se desconocieron. Cargaban con seis años de casados, tres hijos y una vida con rasgos de común, pero que de común no había tenido nada, en el sentido que su trabajo, el del hombre, funcionario de un organismo internacional, con dos traslados a cuestas, significaron un sin numero de situaciones nuevas que de ninguna manera se pueden inscribir en el marco de un desarrollo típico familiar de dos personas que emprenden un camino juntos en un mismo país. Aunque pensándolo ahora, en retrospectiva, talvez este último caso para ellos hubiera sido el sendero que seguro los conduciría al fracaso matrimonial. Sin embargo las cosas se plantearon así, e inclusive el carácter de la mujer, que en una primera impresión parecería suave y decidido, de alguien que penetra en las ideas y las explora impulsivamente, cambia al adentrarse uno en la relación con ella. Surge entonces su forma distraída y no tan decidida, al menos con respecto a los asuntos diarios, porque su tesón para conseguir ciertas cosas importantes de su vida no tiene límites. Pero estas son pocas y no empañan la indecisión mencionada, conformando por el contrario una dualidad que la hace aún más atractiva. Resulta necesario aclarar que el mayor de sus cometidos, que perseguía con abnegación casi religiosa, como una idea fija, era él, así, tan simple y burdo como suena, sin embargo tan contundente si se lo medita unos segundos, necesarios para comprender su significado, que permiten comprobar exactamente eso, su capacidad para obtener esas pocas, pero importantes cosas que se propone. Sería injusto que a esta altura no hacer alguna referencia, también en forma general, al carácter del él, para entender un poco más la esencia de esta relación que parecía llegaba a su fin. Jacinto, ese era su nombre, el de ella Maria Julia, aunque el siempre la llamó Maria, a secas, como si al invocarla por sus dos nombres admitiera en su mujer una doble personalidad que él sinceramente creía nadie poseía. Sí admitía la existencia de una esencia doble en cada ser humano. Ante los ojos extraños, él se presentaba como un ser racional, normal, estable. O vaya a saber como lo veían los demás, pero se imaginaba que se mostraba así, cuando en realidad no se sentía nada normal, ni menos estable. El se consideraba un intuitivo, que había llegado a esta etapa de su vida atemperando el mandato atávico familiar y cultural del “deber ser” con su mandato original, verdadero, el que se conoce a través del instinto. En realidad de esta manera escondía una característica fundamental de su forma de ser, la inseguridad. Jacinto sentía que hacían ya seis años que vivía una vida que no le correspondía. Que en realidad debería estar viviendo otra, que no pudo ser. La que se imaginaba, la que soñaba debería estar viviendo. (continuará.....)