y sigue Así es la vida 8
Percibió el movimiento, porque no lo escuchó, lo sintió como seguramente lo hacían los sordos, una vibración interna, como la que produciría un contrabajo. Y hoy todo parecía obedecer a un ritmo impuesto por otro y cuya música el desconocía, como estaba seguro que María tampoco, y debían por lo tanto improvisar. Ahora le tocaba a él, pues su mujer acababa de abandonar el escenario. Podía regresar a la cama, si quisiese, todavía caliente por el cuerpo que hasta hace un momento yacía del lado derecho, el que en este último destino María eligiera. Sí, porque en este país, al que habían arribado hace apenas seis meses, ella había elegido ese lado y el lo había cedido sin darle pelea. No le daba mucha importancia a esos rituales, o como se llamasen, de ocupar siempre el mismo sitio, para sentirse dueños de un espacio. En realidad le daban fastidio ahora, en la madurez. Cuando era chico tenían cierto encanto, el lugar de su padre, y todos los varones de la casa disputándose los costados a lado del progenitor, de la autoridad. Como él era el menor de cuatro hermanos poco a poco le fue restando importancia a tener su sitio, seguramente porque el nunca podía elegir, a él le tocaba el descarte. El único que recordaba haber podido elegir en su infancia fue el de atrás de su padre en el auto, la ventanilla de atrás del lado del conductor, renunciando al privilegio de ir adelante, en el asiento del acompañante. Esto del sitio era una costumbre afincada en todas las familias, según pudo comprobar. En todas las casas estaba el “no, allí se sienta mi padre, o discúlpame , ese es el sofá de mi madre” y empezó a tomarle fobia a esas costumbres sin sentido aparente salvo el marcar el territorio o el lugar de uno. No era nada democrático y entonces Jacinto se decidió a combatirlo, al menos en su casa. Y con el tiempo se fue desinteresando del asunto y ocupando cualquier lugar. Lo único que sentía como propio, eso sí, era su casa. Le gustaba lo agradable de la sensación de sentirse en su hogar. Sentía que estaba en el lugar correcto, era casi intuitiva esa sensación, como que lo conectaba con el todo, con la pertenencia al todo, y con María. Sí, porque era gracias a ese sentimiento de estar en el lugar correcto que podía hacerle frente a las obsesiones de María, a las pequeñas y grandes, últimamente más grandes, conductas y actitudes de ella que lo enervaban y cercenaban su libertad, o sus pequeñas libertades. Optó sin embargo por darse una ducha y vestirse antes de bajar a tomar el desayuno, y no después, como acostumbraba para poder cagar antes de bañarse, vestirse e irse. Hoy tendría que manejarse con otras pautas para no encontrarse a solas. No debía verla hasta que no tuviera la cuestión resuelta, o casi. Era de la opinión que lo sucedido esa mañana revestía suma importancia y por lo tanto debían, ambos, abocarse cada uno a entender los motivos antes de hablar sobre el asunto. Estaba convencido que se estaba acercando la hora de la verdad, la hora de la comunicación, la hora de la autenticidad. A esta palabra le adjudicaba muchísima importancia últimamente, en contraposición a la hipocresía que lo inundaba todo. Sin ir más lejos, y volviendo al tema de Clínton, le parecía un ser auténtico, su intercambio con la tal Mónica mostraba su autenticidad. No como la mayoría, la generalidad de los personajes de la fauna argentina, empezando por ciertos políticos y periodistas. Como ese al que le encanta comentar sobre la etimología de las palabras, mostrándose como símbolo de corrección y la mesura, le costaba imaginárselo haciéndose y disfrutando de una buena paja. Eso sí, por otro lado no tenía ningún reparo en inducirte a votar por un personaje carente de cualquier moralidad, como lo hizo en las últimas elecciones. A Jacinto, todo lo que no fuera genuino le molestaba profundamente, no era lo mismo un reo auténtico, que ya no quedaban muchos, que esa enorme parafernalia de gente que pretendía ser lo que no era, lo cual los convertía a todos en vulgares. Y pocos escapaban a ese costumbrismo de hablar mal, de poner malas palabras en cualquier relato. Tal vez, de tanto ser utilizadas algún día perderían el impacto ofensivo original que imaginó su creador. Pero no era este el momento de perderse en este tipo de cavilaciones, pues ni él ni María Julia eran mal hablados. Hoy tenía que concentrarse en comprender el sentido de su tristeza, que surgía de las mismas y profundas preocupaciones que la embargaban a ella. Preocupaciones distintas por cierto, quien sabe, aunque posiblemente fruto del comienzo incierto en que iniciaron la travesía de su matrimonio.

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