Friday, June 16, 2006

continua 6 de Así es la vida

mostraba la integridad de Clínton, la integridad con su naturaleza de hombre, lo que lo hacía igual a los demás e igual a Jacinto, porque él también era infiel. Todo el mundo afirmaba, en general, que por su inteligencia y capacidad no podía y no debió haber hecho lo que hizo. Para Jacinto, en cambio, su comportamiento no hacía más que ratificar la inteligencia de Clínton y lo mostraba como el menos hipócrita de todos los participantes de esa historia. Por supuesto que se cuidó muy bien de entregar sus ideas en forma tan cruda, reservándolas para su fuero íntimo. Pero sí lo defendió y expresó que Clínton era un ser humano como cualquier otro, independientemente de sus capacidades de Estadista. Entonces no había sido ese el motivo, María no podía controlar, todavía, sus pensamientos, su mente, sus secretos. Desde que se casó con Maria sentía que estos eran su única propiedad. Antes de salir para la casa de Heriberto casi ni estuvieron juntos. El estuvo listo un rato antes, como siempre, y estuvo jugando con los chicos, disfrutándolos un poco. Y como no había almorzado en casa no la había visto a María desde el desayuno. Ahí se acordó que en la mañana de ayer el único hecho, ahora se daba cuenta, que podría haberle producido algún fastidio a su mujer, fue el que se hubiera masturbado. Después del pis matinal en erección había regresado a la cama y le había apoyado el píto, ya en proceso de descenso post orina, en la cola, pero ella le dijo que no se ilusionara porque debía levantarse volando para llevar los niños al colegio. Estuvo remoloneando en la cama mientras su mujer se duchaba y vestía para encontrarse luego en un desayuno con un grupo de argentinas del lugar. Al rato, y sin saber porque, se acordó de la hermana de su antigua novia, con quien muchas veces habían llevado los juegos de seducción a límites casi fronterizos con lo permitido a hermana y cuñado. Al recordar tan placenteros episodios su pequeño amigo se puso nuevamente en estado de alerta y con esa flecha marcándole el rumbo se dirigió a la ducha. Y como lo había hecho tantas veces, al igual que el personaje de “El sueño americano”, se hizo una paja fantaseando con aquella cuñada que nunca fue, ni cuñada ni nada. El disfrutaba mucho esos goces solitarios. Ya no sentía la culpa de la adolescencia, ese vacío que su religión le impuso y que por bastante tiempo no logró que lo abandonara aún cuando ya sabía que no estaba haciendo nada malo. Cuando salió de la ducha María entró al baño, había vuelto del colegio para buscar unas tarjetas que debía repartir entre sus amigas, lo miró y le dijo:
-Tenés el pito colorado, te estuviste tocando-
Lo dijo sin picardía, en un tono de voz que denotaba un leve e indisimulado fastidio. Le respondió con un sí, a secas, un poco desafiante, como defendiendo un derecho ganado con la culpa padecida antaño. Ahora el masturbarse ya no era un desvío de la naturaleza, sino la explosión y confirmación misma de la naturaleza. Ella volvió a partir y el meditó un ratito sobre la sensación que le dejó la irrupción de María, el sentimiento de culpa que en ciertas ocasiones le inculcaba María, y eso le molestaba cada vez más.

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