Así es la vida
Se despertaron al mismo tiempo y se miraron raro. Fueron pocos segundos, tal vez solo uno más lento, pero suficiente, porque aunque no lo dijeran, ambos tuvieron una sensación de miedo aterradora, ya que en ese instante y en forma simultanea, como una misma persona y provenientes de un mismo sueño, se desconocieron. Cargaban con seis años de casados, tres hijos y una vida con rasgos de común, pero que de común no había tenido nada, en el sentido que su trabajo, el del hombre, funcionario de un organismo internacional, con dos traslados a cuestas, significaron un sin numero de situaciones nuevas que de ninguna manera se pueden inscribir en el marco de un desarrollo típico familiar de dos personas que emprenden un camino juntos en un mismo país. Aunque pensándolo ahora, en retrospectiva, talvez este último caso para ellos hubiera sido el sendero que seguro los conduciría al fracaso matrimonial. Sin embargo las cosas se plantearon así, e inclusive el carácter de la mujer, que en una primera impresión parecería suave y decidido, de alguien que penetra en las ideas y las explora impulsivamente, cambia al adentrarse uno en la relación con ella. Surge entonces su forma distraída y no tan decidida, al menos con respecto a los asuntos diarios, porque su tesón para conseguir ciertas cosas importantes de su vida no tiene límites. Pero estas son pocas y no empañan la indecisión mencionada, conformando por el contrario una dualidad que la hace aún más atractiva. Resulta necesario aclarar que el mayor de sus cometidos, que perseguía con abnegación casi religiosa, como una idea fija, era él, así, tan simple y burdo como suena, sin embargo tan contundente si se lo medita unos segundos, necesarios para comprender su significado, que permiten comprobar exactamente eso, su capacidad para obtener esas pocas, pero importantes cosas que se propone. Sería injusto que a esta altura no hacer alguna referencia, también en forma general, al carácter del él, para entender un poco más la esencia de esta relación que parecía llegaba a su fin. Jacinto, ese era su nombre, el de ella Maria Julia, aunque el siempre la llamó Maria, a secas, como si al invocarla por sus dos nombres admitiera en su mujer una doble personalidad que él sinceramente creía nadie poseía. Sí admitía la existencia de una esencia doble en cada ser humano. Ante los ojos extraños, él se presentaba como un ser racional, normal, estable. O vaya a saber como lo veían los demás, pero se imaginaba que se mostraba así, cuando en realidad no se sentía nada normal, ni menos estable. El se consideraba un intuitivo, que había llegado a esta etapa de su vida atemperando el mandato atávico familiar y cultural del “deber ser” con su mandato original, verdadero, el que se conoce a través del instinto. En realidad de esta manera escondía una característica fundamental de su forma de ser, la inseguridad. Jacinto sentía que hacían ya seis años que vivía una vida que no le correspondía. Que en realidad debería estar viviendo otra, que no pudo ser. La que se imaginaba, la que soñaba debería estar viviendo. (continuará.....)

1 Comments:
muy interesante
espero la continuación.
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