Tuesday, June 27, 2006

2da parte del 10

como ella lo llamaba, con ganas de incitarla. Luego la había mirado mientras se desnudaba, elegía una bombacha, la daba vuelta hasta encontrar la parte de adelante, se la ponía, lo miraba y se reía, sabiéndose admirada, o imaginándose deseada, para luego continuar su ritual con el corpiño, intentando, sin lograrlo, cubrir del todo esos enormes pechos. Ya motivado por ese striptease al revés, y en asociación directa con el tamaño de los pectorales de María, había recordado a la hermana de su antigua novia, quien seguro le hubiera disputado una final de camisetas mojadas. Dispuesta su excitación se había metido en la ducha y entregado al siempre grato placer solitario. Posteriormente su mujer había vuelto y le había reprochado, sin decírselo directamente, que se hubiera masturbado. Al bajar a tomar el desayuno no pudo dejar de notar, al igual que lo haría con todas las mujeres que se le cruzaran a lo largo del día, como se le marcaba la tanguita a la niñera por debajo del delantal, y sus pezones, que saltaron en cuanto apareció. No era linda, pero era joven y tenía buen físico. No le motivaba ningún deseo de tincársela ni nada parecido, pero sí le gustaba darse cuenta, o mejor, ya entendía que era compulsivo debido a su esencia, no podía dejar de apreciar esos detalles. Apenas finalizado el desayuno corrió escaleras arriba para sentarse en el water y soltar los residuos acumulados, lo que también constituía un acto gozoso. Una vez vestido y en el auto, dirigió por la rivera hacia la oficina, iniciando un recorrido que bordeaba el mar y las playas, avistando las mujeres que corrían, tomaban sol y paseaban, la mayoría en short y bikini para aprovechar el tibio sol primaveral. El entero trayecto estuvo impregnado de sexo. Ya en el ascensor se topó con la deslumbrante pasante del área de cooperación del organismo internacional donde ganaba el pan de cada día, ante quien expuso instantáneamente sus armas de seducción. Al ingresar a su sector de trabajo con un solo barrido de ojos capturó la vestimenta de las cuatro mujeres del área, especialmente la de una, la más mona, con la cual llevaba adelante un jugueteo verbal, que en su caso, tenía una connotación intencional de seducción que solo él sabía, y obedeciendo a esa parte constitutiva de su ser, registró a cuales se les marcaban los pezones a través de las blusas, el tipo de corpiño escogido, y en el caso de la que acaparaba su interés, el tipo de bombachita seleccionada para el día. Ni que hablar cuando se trasladó a la oficina del Representante Regional, cuya secretaria ostentaba el trono indiscutible de diosa del edificio y con la cual intercambió piropos y miradas de alto contenido erótico, pero conscientes que nunca evolucionarían hacia carriles ajenos al juego por ellos inventado y cuyas reglas no escritas respetaban sin permitirse transgresiones. Ni que hablar de la hora en el gimnasio antes del almuerzo donde se deleitaba observando cada detalle anterior y posterior de dos potras tremendas que con indiferencia estudiada no ignoraban el efecto que sus presencias provocaban en la fauna masculina del lugar. Rápidamente visualizó a la moza que lo atendió en la plaza de comidas del shoping donde almorzó, las que cruzó al regresar al trabajo, donde nuevamente se encontró con su harem privado, para enseguida recordar las mujeres con que departió en la casa de Heriberto y el posterior ritual antes de dormirse en que no perdía detalle del desvestirse de María. Jacinto se preguntaba entonces si no sería mucho más rápido en su caso tratar de cuantificar las veces durante el día en que no pensaba o miraba o sentía con su ser sexual. Se secó mal, dejando varias porciones de su cuerpo todavía brillando por la humedad no derrotada y se vistió con torpeza, tropezando al calzarse los calzoncillos y los pantalones y debiendo ensayar tres veces el nudo de la corbata antes de que le satisficiera, lo que corroboraba la tensión con que afrontaba el día.

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