intentaré seguir Nro 36
Cuando tocó la bocina para que le abrieran la puerta el sol acababa de esconderse en el horizonte, y la luna ya se mostraba como dueña y señora de un cielo colmado de estrellas. El viaje de vuelta a su hogar lo hizo lento, premeditadamente lento y con la sensación de que le hubiera gustado compartir más tiempo con Guadalupe. Recordó que no le había terminado de contar las historias de sus distintos amores, le faltó Luciana, la innombrable.
-Dame todo hijo de puta-
Cuando atinó a mirar hacia la ventanilla recibió un golpe en el pómulo que le giró la cabeza hacia la ventanilla del acompañante. Fue en ese momento que se encendió la luz del porche y el que seguramente motivó el accionar inmediato de su atacante, quien se subió en el asiento de atrás y con un tono de voz extrañamente afeminado le gritó
-rajemos o te quemo.
Sin pensarlo dos veces, o directamente sin pensarlo, en situaciones como estas uno tiene la sensación que actúa sin pensar, metió la marcha atrás y aceleró sin mirar atrás y sin siquiera atinar a doblar el volante. El ruido del impacto contra el auto estacionado en la vereda opuesta lo confundió aun mas, pero no tanto como al pasajero de atrás que le espetó:
-pelotudo-, y sin mas le propinó un golpe fuertísimo en la cabeza que lo mareó y le produjo nauseas y ganas de vomitar, lo que hizo sobre el asiento del acompañante al momento de apoyar su cabeza sobre el mismo, para luego quedarse inmóvil. No tenía ganas de moverse. Se sumió en una suerte de quietud que contrastaba con el ruido insoportable que le llegaba. Pensaba que si no se movía el ruido dejaría de perturbarlo. Después de un rato, que seguro fueron segundos, trató de levantarse pero el dolor que sintió en la cabeza lo obligó a quedarse quieto. Que se termine el ruido pensó, mientras sentía que un liquido caliente se le metía en el ojo de arriba, el que no estaba contra el asiento, y en el momento preciso que tomó conciencia sobre la situación, y se asustó, muchísimo. No por él, sino porque cayó en la cuenta que el chorro podría estar ahora en su casa. Se levantó justo cuando se abría la puerta del lado del conductor y una voz familiar le preguntaba si esta bien y se sentaba a su lado y con las manos le tomaba la cabeza y lo acomodaba en su regazo. Entonces se dejó llevar por el contacto amoroso de esas manos y de la voz femenina. Se despreocupó. Se entregó a la situación y le pareció que se dormía, aunque no estaba seguro, todo era confuso. De repente era un niño., era Jacinto, con ocho años de edad, en la cama de la mucama portuguesa de su infancia el día que una noche de tormenta le pidió si lo dejaba meterse en su cama. Ella accedió y un rato después Jacinto se despertó al contacto suave, inmensamente suave de algo tibio contra sus mejillas. Tardó un rato en darse cuenta que eso suave y agradable eran las tetas de la empleada que se habían escapado de su camisón. Quiso tocarlas con su mano libre y así lo hizo, y una cara lo miraba, sonriendo, no, no estaba sonriendo, tampoco estaba enojada, ¿que le decía esa mirada? No eran los ojos de la portuguesa, pero tampoco era alguien desconocido. Era una situación rara en el sueño, porque el tacto que percibió su mano ya no era igual de suave, aunque tampoco era del todo desagradable, mas bien seguía siendo agradable, pero esos ojos sorprendidos que lo miraban, y habían otros ojos más allá de estos que también lo observaban, y esos si los conocía más, estaba seguro de ello. Quiso hablar y no le salía la voz, y una mano le retiraba la suya y el escuchó que le decían tranquilo, Jacinto, quedate tranquilo. Y ahora aparecía otro ruido, y entonces retomó conciencia del otro, al cual ya se había acostumbrado. De repente lo estaban empujando y las tetas se alejaban de su cara, y los ruidos cesaron al unísono, y en su reemplazo se escuchaban voces, familiares algunas, llantos. Lo estiraban en una cama estrecha que se movía y una voz le decía que no se durmiera, que se despertara, por favor, despertate. Y se despertó.

1 Comments:
intenso.
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