Capítulo 14 de Así es la vida
Antes de salir se detuvo un momento en el hall, azuzando el oído para escuchar si provenía algún ruido desde el primer piso que le permitiera adivinar en que andaba su mujer, como si su sola presencia le pudiera devolver la tranquilidad perdida. Exactamente eso le daba María, la tranquilidad que siente el que se sabe querido, pero a su vez le quitaba su libertad. Y cual era la libertad que reclamaba, se preguntó Jacinto. La libertad de ser y pensar de acuerdo a lo que le dicte su esencia. Ser uno sin esconderse, sin secretos, aceptado con sus excentricidades. Tal vez ese fuera el límite de lo posible con María, porque desde hace algunos meses él se había redescubierto y había hecho las paces consigo mismo. Había conseguido liberarse, finalmente, del fardo que cargaba desde su casamiento. En realidad dos fardos. Por un lado consiguió disolver el hechizo de su pasado, descubriendo que su viejo amor no encarnaba la pasión que pensaba le hubiera correspondido, sino que le servía para justificar lo que realmente sintió al casarse, la sensación de que se truncaba su libertad. Al esconder desde el primer día esa verdad, asumió el otro fárrago que gravaban sus espaldas, y era el sentirse responsable de no amar como lo amaban a él, y por lo tanto ser el encargado de la felicidad de su mujer. Entendió finalmente que cada ser humano es responsable de su dicha y de sus acciones y que, aun cuando lo hubieran disimulado y nunca lo hubieran conversado con claridad y sinceridad, ambos sabían que su vínculo formal se había iniciado mancado. Ninguno podía afirmar hoy sin sonrojarse que había otorgado el sí engañado. Tal vez, si pudiera hacerle algún reproche a María, sería el de haber fomentado en él esa responsabilidad tremenda y cuya consecuencia fue que de a poco la carga se tornó demasiado pesada. La entrega total de María no era sana y había minado la esencia de una relación de amor. La libertad. Son dos personas libres las que deciden convivir en respeto de la libertad del otro. La libertad del otro es lo que atrae, no la sumisión. Porque la sumisión de María supone la suya, y Jacinto no quiere estar sometido. Ahora, pensaba, seguramente esas piedras podrían ser removidas de las respectivas mochilas. Al menos lo esperaba, para así poder reanudar la relación desde un ángulo nuevo, el correcto. Pero tenía dudas de que María aceptara estas nuevas reglas. Ponía muchas objeciones al nuevo Jacinto, y, aun sabiendo que él estaba más contento, parecía que prefería defender las antiguas normas de convivencia. Había aprendido a moverse en ese mundo, donde a pesar de sus miedos, podía controlar su existencia. La asustaba mucho más el universo desconocido que le ofrecía este nuevo Jacinto, y no se daba cuenta que en realidad lo estaba alejando más. Renovó su atención y lo único que consiguió escuchar fue el silencio, un silencio ruidoso escribiría un poeta, pensó Jacinto con un dejo de entusiasmo por llegar cuanto antes a la oficina y ponerse a escribir. Tal vez con la escritura consiguiera ordenar todos estos pensamientos y desenredar esta confusión de ideas y sensaciones. Puso en marcha el auto y enfiló hacia la costanera, percibiendo recién entonces que era un día de sol esplendoroso y deslumbrante cielo celeste como no veía hace tiempo, o al menos así le pareció a él. Sin duda un día maravilloso para toda esa gente que desde temprano se había adueñado de la rivera, desinteresada de la angustia que reinaba en el interior de ese auto anónimo con chapa diplomática que se desplazaba un poco más lentamente que el resto del tránsito. Abruptamente decidió que hoy no tenía ganas de ir a la oficina, al menos no enseguida, ya que seguir su rutina no lo ayudaría a mantener ese desarrollo de pensamientos que tenían lugar desde que abriera los ojos y que lo mantenían en una suerte de reflexión continua y lúcida de la realidad. Retomó la costanera en sentido contrario, hacia las playas, pero sin un rumbo establecido, y como si estuviera en piloto automático condujo a baja velocidad, como alguien disfrutando de la vista que le ofrecía la playa y el mar, pero que Jacinto contemplaba hoy sin ver. (Me voy unos días a ver coger a las ballenas, ...y después sigo con este relato, el viernes 14....)

0 Comments:
Post a Comment
<< Home