volví con el CAPITULO 15 de Así es la vida
-Señora María, Señora María, teléfono – escuchó que con cierto dejo de irritación y con un tono de voz alto le gritaba Filomena, la niñera, desde algún lugar de la casa. Su primera reacción fue de fastidio, porque odiaba que le gritaran en vez de acercarse cuando le querían decir algo. Siempre eran gritos provenientes, en la mayoría de los casos, desde la cocina, donde estaba ubicado uno de los tres teléfonos de la casa. Pero también se sorprendió al comprobar que no había escuchado sonar el teléfono de su dormitorio, a escasos metros de distancia, evidenciando el grado profundo de abstracción de lo que la rodeaba en el cual se hallaba sumida desde temprano, enredada en la madeja formada por los negros pensamientos que hoy la atormentaban. Ni se percató del tono elevado de voz de la empleada, que en otras circunstancias le habría parecido por demás irrespetuoso. Atinó solo a darse cuenta que seguramente hacía rato que la estarían llamando sin obtener respuesta. Me estoy volviendo loca, pensó, y desnuda como estaba abrió la puerta del baño y se dirigió hacia la cama, se sentó en el borde y tomó el auricular del teléfono y dijo con voz triste –hola -.
-Hola gordita- le gritó su mama desde el tubo, incapaz de entender que ya no hacía falta gritar para hablar de un país al otro, negándose a aceptar la utilidad de los adelantos tecnológicos, seguramente por temor a que la modernidad, el progreso, la natural evolución de las cosas, la sacaran de su mundo de víctima en donde ella reinaba hasta el día de hoy.
-Ah, hola mamá, sos vos- se escuchó decir sin intentar disimular el fastidio que le provocó reconocer de quien provenía el llamado.
-¿Estabas durmiendo, querés que te llame más tarde? porque te quería contar la última novedad de tu padre que ayer….-.
-No mamá, ahora no tengo ganas de escuchar nada de papá, acabo de salir de la ducha y estoy todavía mojada así que yo te llamo cuando pueda, un beso- y cortó sin más, asombrada de su acción. Pero realmente, su madre era la última persona en el mundo con la que tenía ganas de hablar en ese momento. Era el ser más negativo y pesimista que conocía. Todo lo percibía mal, nunca tenía comentarios positivos sobre las personas, y en especial sobre las que supuestamente quería. Estaba marcada por su supuesta falta de fortuna, donde el azar de la vida le reservaba toda suerte de maldades de las cuales ella no era responsable. En definitiva era infeliz, aunque Jacinto decía que no, que en realidad su infelicidad era la causa de su felicidad, que alrededor de su devenir signado por la desazón, había construido un mundo donde sus seres queridos la compadecían y vivían pendientes de ella, prestos a reconfortarla. Y que toda esa atención le provocaba cierto placer. Y la prueba de lo que afirmaba, sostenía Jacinto, era el evidente regodeo que le motivaba relatar las desgracias ajenas, disfrutaba narrando cuentos terribles que le sucedían a sus conocidos y no conocidos. Hubiera sido una excelente y detallada periodista amarilla y de la sección policial. Maria Julia sabía que algo de razón tenía su marido, o mucha razón. Su madre no hacía absolutamente nada con su vida, salvo estar pendiente de la de su marido y la de sus hijos, nutriéndose de ellas sin tener la propia, al menos desde que se casó. Era la comentarista oficial de la vida ajena. A Maria Julia la aterraba la idea de parecerse a ella y agradecía que fueran tan distintas físicamente. Se incorporó y notó la humedad del charquito de agua que se había formado a sus pies, sus lindos pies. Estos, junto a sus manos y boca eran las partes de su cuerpo que más ponderaba Jacinto, con lo cual siempre le quedaba algo de duda sobre si el resto, el conjunto de su cuerpo, contaba con la aprobación de su marido. Instintivamente miró hacia el espejo que se apoyaba contra la pared del cuarto que enfrentaba la cama y observó que se le había formado piel de gallina en toda su desnudez, sintiendo la firmeza de sus pezones en erección provocada por la combinación del mal secado y el aire acondicionado. Le gustaba mirarse, estaba satisfecha con su cuerpo sinuoso de mujer con muchas curvas. Una guitarra perfecta, como debe ser una hembra, pensaba, con buenas tetas, un buen culo y la suficiente carne para que Jacinto le sacara las mejores notas, la hiciera vibrar como el mejor de los músicos. Como su novio anterior pensó casi en simultaneo con las primeras lagrimas que se deslizaron por su mejilla, que era músico y la adoraba y la quería sin vacilaciones, ni dudas, ni fantasmas del pasado, ni del presente ni del futuro. ¿Donde estaría hoy si hubiera permanecido con él, que caminos hubiera recorrido, en que espejo se estaría mirando en ese momento, que motivos la harían llorar como lo hacía ahora? ¿Sería por la desesperación de no poder querer como lo quieren a uno? ¿Lloraría por incapacidad de poder dejar a alguien que a uno lo quiere tanto? Sin embargo ella pudo dejarlo a su músico después de cinco largos años. Lo dejó y sintió alivio y al mes hizo el amor con otro y no tuvo culpa. Y ahora era ella la menos querida, sobre la que pendía la espada del despido, del ya no te quiero más como antes, del ya no siento lo mismo. ¿Sería eso lo que le pasaba a Jacinto, se estaría debatiendo sobre la mejor manera de anunciarle su falta de amor? ¿La mutación que ostensiblemente había tenido lugar en la vida de su amado estaría ligada a la incomprensión de el amor que sentía por María? Porque ella estaba segura que él la quería, pero que todavía no había logrado verla como ella sabía que era realmente, sino, no podría hacerle el amor como lo hacía. O si podría. Los hombres eran capaces de cogerse a cualquiera, bastaba que la susodicha poseyera un par de globos razonables y tuviera agujero para que sus pitos se dirigieran al mismo sin mayores remordimientos. Fueron pocas lagrimas esta vez. María permanecía en cueros frente al espejo con los brazos abandonados al costado de su cuerpo, paralizada frente a su propia imagen. Solo sus ojos parecían activos y atentos a la figura que se les presentaba y la cual indagaban como si nunca hubieran visto. No perdieron detalle de las lagrimas que salían de esas mismas orbitas que se miraban, que luego surcaban los cachetes hasta las arrugas que cual paréntesis parecían proteger la boca, para luego desbordar hacia el suelo cuando alcanzaban el mentón. Tal fue la intensidad del flujo de esas pocas lagrimas que en vez de evaporarse durante su recorrido, o ya débiles permanecer pegadas a la piel y continuar su descenso hacia el cuello, en vez cayeron directamente sobre sus pechos con rumbo a sus doloridos pezones. Dolientes por la intensa erección, no fruto de excitación, sino del frío que padecía luego de permanecer tanto tiempo desnuda y mojada y con el aire acondicionado encendido. Sus botones eran extremadamente sensibles y ella no soportaba cuando Jacinto la mordía, aun cuando fuese muy levemente, apretándolos tan solo con los labios. Eso la disponía de muy mal humor. Movió por primera vez los brazos y con sus manos cubrió los pechos para atemperar la tensión en sus tetillas, quedándose aun unos segundos erguida frente al espejo, enhiesta frente a ella misma, desnuda en cuerpo y alma, sintiéndose sola, muy sola. Hasta que un intenso escalofrío le devolvió momentáneamente la razón y la conciencia del entorno. Decidió meterse un rato más en la cama hasta entrar un poco en calor.

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