Nro 20
Era patente que la pareja del mar estaba enfrascada en un juego que posiblemente terminaría en el acto amoroso dentro del agua. Le produjo a Jacinto una sana envidia imaginar lo que sentirían esos jóvenes en ese momento, y recordó su última vez en el agua con María, en realidad la primera y última ocasión en que hizo el amor en el mar con su mujer. Fue cuando todavía eran novios, el último verano antes de casarse. Tuvo lugar en una playa brasileña y, al contrario de lo que acontecía hoy, que los interesados imaginaban estar totalmente solos, en aquella oportunidad había bastante gente. No les importó y siguieron adelante creyendo que disimulaban lo que sucedía por debajo, despreocupados de que alguien los descubriera. Después, una vez que hubieran juramentado su amor y fidelidad, odiaba esta palabra, ante testigos y ante Dios (¡que boludez!), su novel esposa no aceptó nunca jamás consumar el acto en aguas públicas. No rehuía el jugueteo, pero afirmaba que los podrían ver, que no estaba relajada, en fin, una actitud distinta que siempre lo dejaba pensando y añorando la desfachatez del amor juvenil al que Jacinto todavía estaba dispuesto a jugar. No por el simple hecho de casarse uno cambiaba los placeres. Y resintió este hecho. Y fueron muchas las veces que lo recordó como ejemplo de algo que se insinuaba en su mente y que le irritaba sobremanera. Y consistía en lo dispuesta que estaba María Julia a excederse en sus costumbres con el fin inconfesado de seducirlo, pero que alcanzada que fue la presa, retornó a sus hábitos decentes, por calificarlos de alguna manera. Se sentía cazado, que había caído en una trampa, mordido el anzuelo. El embarazo. Algo tan viejo como la biblia.
-Cuidado- estuvo tentado de gritarle al muchacho del agua. Pero no lo hizo, porque cada uno tiene que vivir su historia, y podría ser que esos dos estuviesen enamorados, o tal vez no, que tan solo fuese una tranza, como se le dice ahora. Pero sobre lo que no cabían dudas era que estaban viviendo un gran momento que evocarían por mucho tiempo, un lindo recuerdo para la vejez, como le encantaba decir a Jacinto. O quien sabe no hicieran el amor en el agua con frecuencia, y este era tan solo un lindo momento, no un gran momento. Grandes momentos eran esporádicos y debían reunir ciertas condiciones para calificar como tales. Buenos o lindos momentos eran más comunes, más reiterados en el tiempo. Este, el de hoy con Guadalupe, ¿sería uno de los grandes?, o uno no se da cuenta de que es tan especial hasta después. ¿Uno es consciente de que vive un gran momento en el instante que tiene lugar?, ya sea un lapso de un minuto o dos horas, o un día. Los amantes, porque su actitud ya no era ambigua, no pretendían ni necesitaban disimular como Jacinto aquella vez, echaron sus cabezas enfrentadas hacia atrás como solo sucede en los segundos culminantes para inmediatamente confundirse en un inacabable abrazo, siempre al vaiven de las olas. Jacinto y Guadalupe se miraron y sonrieron, cómplices en el acto de voyeurismo que inesperadamente los tuvo como espectadores privilegiados. No sintieron vergüenza, al menos el no, pero al volver a dirigir la cabeza hacia el sol, no ya hacia el mar, él no pudo dejar de percibir que dos montículos asomaban sobre los promontorios que escondían la musculosa de Guadalupe, que ciertamente no habían brotado por el frío, ausente en esa mañana de finales de noviembre. Al rato abrió los ojos, ella ahora los tenía cerrados y vio como los jóvenes salían desnudos del mar y se detenían en la orilla, regalándose un último beso antes de vestir las prendas de baño que habían abandonado antes de entrar al mar. Notó que Guadalupe abría y cerraba lo ojos, ojeando de a ratos las figuras que ahora emprendían su andar hacia el chiringo.
-¿Quieren tomar algo? Preguntó la cara simpática de un joven de unos 20 años, exageradamente bronceado, de pelos castaños. En realidad bien podrían ser más de 20, pero el tono de voz, el cuerpo flaco y musculoso lo hacían muy jovial. Instintivamente miró el reloj, cosa que María Julia detestaba. Cuando le ofrecían un caramelo, cualquier cosa comestible o bebible, él automáticamente miraba la hora. ¡Que hincha pelotas que sos!, le espetaba cada vez, hacé lo que tengas ganas. Tenía ganas de tomarse un gin tonic y eran recien las 11 de la mañana.

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