Thursday, August 03, 2006

22 de así es la vida

Que rara es la vida, que mensajes extraños te manda, obligándote, exponiéndote a situaciones extremas, contrapuestas, por un lado lo cotidiano y por el otro lo fuera de lo común, lo que sería de no existir lo que es. Y si uno tuviera como cotidiano lo que ahora es el otro extremo, lo cotidiano sería lo totalmente opuesto, y por ello, tal vez lo deseado. Que complicada la existencia de cada uno pensaba Jacinto. Nunca se le habría cruzado por la cabeza después de tan siniestro despertar que tan solo dos horas y pico después se estaría sintiendo tan bien, tan en otra, y tan relajado en esta otra situación, importándole un bledo lo que sucedería el minuto después. Estaba disfrutando el instante, gozando con cada segundo del ahora, porque estaba en lo mejor de una incipiente relación, cualquiera fuera su duración: la seducción. Y lo que acrecentaba el placer de este momento afortunado era la naturalidad de todo, la armonía en que transcurría cada segundo, como si hubiese sido planeado por un director de teatro y todo estuviese saliendo a la perfección. El timing de los actores en sus apariciones fue exquisito, los dialogos justos, siempre rondando lo circunstancial con amagues de profundidad no exentos de ironía, la coreografía excedía lo imaginado, si hubiera podido imaginarse, y la música compuesta por los mejores intérpretes: los pájaros, el mar, el viento. Y todo resultaba creíble porque parecía improvisado. Es improvisado, boludo, te fuiste de mambo sonrió para si mismo Jacinto.

-El que se ríe solo, de sus pecados se acuerda-.

Le encantó sobresaltarse con el descubrimiento de que ella lo estaba observando.

-No existe el pecado, solo la maldad-.

-¿Y estabas pensando en algo malo, entonces?-.

-Uno no se ríe cuando piensa en algo malo, ¿o si?-.

-Si, los malos si, porque no se saben malos, ¿o si?- retrucó Guadalupe.

Se sacó la camisa que ya se le pegaba en la espalda y la tiró sobre la arena.

-Está para bañarse-.

-Pues entonces al agua- lo invitó imitando la tonada de Sandra. Se puso de pie y lo miró confiada, serena, inocente.

Sorbió lo que restaba del trago y la siguió, mirando de reojo a los surfistas. Sandra continuaba bañándose al sol y le acariciaba los pelos del ombligo a Antonio, quien se había echado a su lado. Esta vez se quedó un poco detrás de ella, cediéndole la iniciativa, no por temor a dar algún paso en falso, sino porque quería dejarse llevar por los acontecimientos, ser el actor de reparto que reacciona ante las entradas de su partenaire. Todo acaecía porque sí, impremeditado, distinto a los juegos de seducción propuestos, donde él con toda intencionalidad se predisponía al juego de cautivar a la otra. Hoy todo ocurría con autenticidad reflexionó mientras sentía el calor de la arena quemándole la planta de los pies. A escasos dos metros de la orilla Guadalupe se detuvo y dijo, mirando primero hacia el mar y después directamente a sus ojos:-me da un poco de vergüenza-. Jacinto percibió que era sincera, todo en ella era sincero, lo opuesto a él, pensó. Pero enseguida se dio cuenta que no era verdad, no era lo opuesto, nada habían dicho, nada los comprometía salvo la sana idea de darse un chapuzón en el mar un día de sol espectacular. Como de costumbre era la culpa el eterno origen de pensamientos de ese tipo.

-A mi también- y no mentía. Guadalupe se quitó la remera al mismo tiempo que él se quitaba los pantalones y se quedaba de pie en calzoncillos, esperando el próximo movimiento de la chica, quien ya se deslizaba fuera de sus enormes calzas descubriendo lo que Jacinto ya sabía: un cuerpo realmente bonito y sensual. Como se describen en las novelas, solo que real, con todas las letras del argentino puro: un par de tetas firmes con aureolas y pezón rosadas, del mismo color que los labios. Culo redondito y parado que al moverse no lograba esconder un poquito de celulitis, casi imperceptible, pero que la hacían más humana. Ahí estaban los dos parados, él en su boxer blanco de algodón, de esos apretados, y ella en bombachita, también de algodón blanco. Le encantó comprobar que todavía se le notaban las marcas de un eventual corpiño, usado para tomar sol, pero que no disimulaba que sus pechos habían estados alguna vez expuestos al sol, probablemente en los últimos días.

-No voy a disimular que te estoy mirando- comentó en un arrebato de sinceridad,-y sos realmente linda- y luego de unos segundos de hesitación agregó: - te felicito-. Guadalupe largó una carcajada y repitió –te felicito-. El se había arrepentido enseguida de la boludez que dijo, pero le salió así y se rió también.

-Vamos- gritaron los dos y corrieron hacia el agua y se zambulleron, juntos, a la par.

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