Tuesday, August 29, 2006

más del 26

....largo tiempo adentro de la conchita calentita, entrar, salir, despacio, rápido, no tan rápido, quedarse quieto, todo esto con caricias, besos, reconociendo la piel, en fin, lo que hace más lindo hacer el amor. Y en esto fue que le hizo vincular a Natalia con Luciana, en como disfrutó hacer el amor con ella, como si se hubieran querido desde siempre, a tal punto que se lo había dicho, “no se porque me dan ganas de decirte que te quiero”, y ella le respondió que tenía las mismas ganas. Se sintió tremendamente enamorado de Natalia, dispuesto a cualquier cosa por ella. Lo primero que decidieron fue marchar al día siguiente a la isla donde sus padres tenían una casa frente al mar. Era el último día de la conferencia así que ni bien finalizó partieron hacia el aeropuerto y abordaron un avioncito hacia la felicidad. La casa en cuestión era la única que colgaba sobre una playita, una pequeña elevación que permitía que desde la misma se tuviera una vista extremadamente bella, arena blanca y mar celeste que se perdía en el horizonte infinito. Se dieron un baño en el mar y después fueron a comer a un restorancito por ahí, saboreando cada instante juntos, riendo como dos chicos, que obviamente no eran. Ella era muy joven, tenía entonces 27 años, era muy, pero muy linda e inteligente. Hablaban de todo un poco, logrando olvidarse por un momento de sus respectivos mundos, solo existía el ahí y el ahora. Levemente borrachos volvieron a la casa e hicieron nuevamente el amor, sin saber si lo volverían a hacer. Recordaba haber dormido mal, porque se tenían que levantar temprano para abordar el único avión que le permitiría tomar su conexión a tiempo. Que locura se había apoderado de él piensa hoy Jacinto, a tal punto que estuvo convencido que debía retenerla para siempre en su vida. Su imagen preferida de aquel breve viaje era de esa mañana, bien temprano, mirando juntos por la ventana ese paisaje de ensueño. El estaba apoyando su desnudez por detrás, en la suya, rodeándola con sus brazos y pensó, lo recordaba nítidamente, “esto es perfecto, quiero retener esta imagen para siempre.” Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Guadalupe que apoyada sobre su antebrazo lo observaba, y así se lo hizo saber:

-te estoy mirando-.

Jacinto se dio cuenta enseguida que tenía una erección, causada con toda seguridad por las historias recién evocadas, pero no hizo ningún movimiento para cubrirse, sería tonto esconder algo tan evidente y que ella no podía no haber percibido. Además ella misma acababa de comunicarle que lo estaba observando, lo cual incluía a su miembro, que pujaba por salir de su calzoncillo.

-Hace rato que te miro y veo que estabas soñando con algo lindo- le dice sonriendo con cara de pícara-.

-No estaba durmiendo, me estaba acordando de mi vida-.

-Que vida más divertida que tenés- agrega riéndose.

-Tuvo sus momentos, tiene sus momentos- responde también con picardía y cruzando los brazos por detrás de la cabeza, apoyándola en los mismos. El saber que ella lo estaba mirando lo mantenía excitado y la idea de que ella había presenciado el proceso de erección lo encendía aún más. La situación era muy erótica y animal, él acostado en actitud casi displicente, canchera, exponiendo su miembro erecto, único elemento no pasivo de su cuerpo relajado. Y ella de costado, su cuerpo muy cerca del suyo, tan cerca que la intensidad de la luz solar del mediodía le permitía ver con detalle cada poro, cada marca, cada arruga de sus pezones duros. Sin embargo estaban solo conversando, como si lo evidente pudiera disimularse. No se tocaban, no hacía falta, sobraba energía, estaban disfrutando el juego.

-Estaba mirando al animal- dice ella, -me parece que solo conozco al animal-.

-Y eso somos, animales, distintos, los únicos que nos ponemos colorados-.

(..26 continua mañana)

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