y vamos con el 30 de Así es la vida
Se dirigen a la barra del chiringo y dejan sus prendas en la misma silla donde habían acomodado sus camisas. Comentan que no se ve por ningún lado a los dueños de casa y conjeturan que seguramente estarán atrás del pequeño edificio de madera. En pocos minutos Jacinto recorre el perímetro cercano y escala el primer médano a fin de otear el entorno, escudriña hasta el alcance de los ojos pero nada, no parece que hubieran ido a caminar. Vuelve sorprendido por la ausencia de los rubios anfitriones y el único lugar que resta por inspeccionar es el estacionamiento y hacía allí rumbean.
-Sabés una cosa –dice Jacinto, -aquí hay algo raro, porque me acabo de dar cuenta que no estaban las tablas de surf-. Efectivamente su mal presagio se ve confirmado al constatar la ausencia de la camioneta que antes flanqueaba su auto, aunque no entienden bien el porque del gusto a sinsabor que se ha apoderado de ellos, ya que salvo la abrupta partida nada distinto parece alterar el mediodía caliente. Guadalupe fue la primera en notar el papel marrón apretado por el limpiaparabrisas y prontamente lo toma y lee en voz alta, sin dificultad:
-tomamos prestado lo indispensable para proseguir nuestra marcha, esperamos sepan comprendernos (el nos un poco separado, como si el autor lo hubiera agregado a posteriori). No se enojen que la están pasando bien. Cierren el boliche cuando se vayan-. Nada más. Intentando interpretar el significado del préstamo regresan al trote al barsucho playero y se dirigen como saetas a sus prendas para contar sus dineros. Le faltan al hombre unos pocos y a ella nada.
-¿Pero cuando fue?- pregunta sin enfado.
-Cuando caminábamos, no hubo otra oportunidad- comenta la joven, -que sinvergüenzas-.
-Atorrantejos, pero simpáticos-agrega el y ambos ríen, -quien lo hubiera dicho, ni se me pasó por la cabeza que eran unos chorros-.
-No son chorros, nos podrían haber afanado todo. La palabra es sinvergüenzas, porque seguro que ni el bar es de ellos-. Acierta con su especulación. Al bajar una de las chapas que ofician de parasol aparece un cartel que lee “los lunes cerrado” .
-En el fondo nos cobraron los gin tonics, pero la verdad que unos audaces los tipos. Mirá si aparece un marinero de estos que recorre las playas-.
-Si aparece ahora nos encana a nosotros- dice con preocupación Guadalupe. Mejor cerramos-. Así lo hacen, pero antes revisan y descubren galletitas saladas y queso para sándwich, que picotean sin pudor, acompañando el manjar con una cerveza. Jacinto deja unos mangos sobre el mostrador para atenuar el seguro embole del dueño, y finalmente se aposenta junto a ella, quien otra vez se ha liberado de la vestimenta superior para encarar sin miedo el astro que ahora distribuye sus rayos en picada feroz.
-Yo mejor me dejo la remera puesta-. Acomoda su silla junto a la de ella, pero enfrentada, de modo que el sol se vaya escondiendo a su espalda y pueda charlar mirándola y tocándola muy de cerca.
-Algo malo tenía que pasar, no podía ser perfecto el día, siempre es así, ¿no?, después de un período bueno viene uno malo- filosofa Jacinto.
-Lo de los chicos no entra en la categoría, si a eso te referís, al menos para mí hoy todavía es gloria-retruca,- depende de las expectativas. El día nos regaló esto, pero yo tengo claro que es una dádiva de uso restringido-.
-¿Cuan restringido?-.
-Muy, cada cual sigue su camino y su historia. Sería un verdadero milagro, un obsequio de la vida, ya que hablamos de regalos, si el futuro nos acerca, aunque quien sabe –remata.

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